Despertar de un sueño letárgico, ¿hay vida después del pacto? / Felipe Monroy

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Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

No puedo dejar de pensar que estamos en 1981 otra vez. La euforia sobre el inmejorable destino de la industria petrolera en México devino en sonrisa congelada por la misma razón que hace 35 años: el dispendio y la poca transparencia en el valor y uso de los activos del crudo nos volvieron a colocar entre la desesperación y la crisis.

Ciudad de México, 11 de enero de 2017.- No puedo dejar de pensar que estamos en 1981 otra vez. La euforia sobre el inmejorable destino de la industria petrolera en México devino en sonrisa congelada por la misma razón que hace 35 años: el dispendio y la poca transparencia en el valor y uso de los activos del crudo nos volvieron a colocar entre la desesperación y la crisis.

Nuevamente, la presunción oficial de que México se encontraba mejor que nunca se desplomó por el mismo lado de nuestra cojera crónica: los veneros del petróleo. A diferencia del pasado, hoy es imposible hablar de abundancia en el recurso y, del mismo modo, el viraje hacia nuevos productos energéticos menos contaminantes tornan anacrónicas las añoranzas de una pujante industria que resuelva nuestro problema inmediato; sin embargo, lo que no ha cambiado ha sido la dependencia económica con los Estados Unidos por la vía de las importaciones y la ineficacia del desarrollo industrial nacional en la producción de combustibles y energéticos.

Para ser justos, hay que reconocer que la economía global –gracias al modelo tecnócrata neoliberal- se ha constituido en una madeja de imbricadas relaciones difíciles de comprender gracias a la exquisita complicación de terminología y argumentos causales muy diferentes a los de antaño. El caso es que la distancia entre las personas con mayor poder adquisitivo y el resto de los sectores no había sido jamás tan amplía ni tan vergonzosa.

Y eso, aunque pueda tener más de una explicación, no puede sino exigir sensibilidad. Más sensibilidad ante la realidad con la que deben lidiar millones de personas. Una realidad de dificultades que no sólo tiene que ver con los esfuerzos personales y la satisfacción de las propias necesidades; sino en la pobreza de una sociedad que, por mucho que labore honestamente, ya no puede participar de la construcción de la equidad, la justicia y la colaboración solidaria de su pueblo o su comunidad.

Por ello, los pactos económicos desde 1987 no han tenido efectos constructivos sino apenas paliativos; y no hay razón para creer que con el Acuerdo convocado por Peña Nieto ante la tribulación y encono social, esto vaya a ser diferente.

En resumidas cuentas, el presente Acuerdo busca vigilar y sancionar los aumentos de precios injustificados, simplificar los modelos de inversión y reducir el endeudamiento público con medidas de austeridad, siempre y cuando las bases sociales no polaricen la legítima protesta popular.

Lo que no se contempla es que el Estado simplemente no cuenta con recursos técnicos ni humanos para vigilar la escalada de precios; los cuales, por otra parte, pueden justificar objetivamente su modificación debido a la alza de combustible.

La vía de la simplificación en los modelos de inversión suena plenamente coherente y es, sin duda, necesaria; sin embargo, puede interpretarse como un grito desesperado ante las amenazas de que los Estados Unidos, con Trump en el timonel, continúen forzando a las empresas norteamericanas a no invertir en México; dejando al país a merced de feroces inversionistas que condicionen su permanencia mediante el chantaje y el abuso.

Finalmente, las medidas de austeridad si no se aplican en áreas de verdadero dispendio (como en el rubro de imagen) guardan el riesgo de ralentizar el mercado interno provocando el crecimiento de los sectores en franca protesta.

Es por ello que el último punto del acuerdo es un pacto de no agresión: promete funcionar mientras no exista violencia o caos en las calles.

De pronto ya no hay más fantasía, despertamos a una realidad que nos negamos a ver hace mucho tiempo. Atrás quedaron los idilios reformistas que quemaron todo el capital político de básicamente todas las fuerzas partidistas; el emperador (los pequeños emperadores) se descubren desnudos de la retórica que les revistió de gloria y majestuosidad. ¿Hay vida después del pacto? Evidentemente. Pero la pregunta sigue siendo: ¿Hemos soñado que despertamos o despertamos en un sueño que nos negamos a dejar de soñar? @monroyfelipe