Días de Muertos, tradición viva / Teodoro Barajas Rodríguez

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El autor es Maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

El autor es Maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

El Día de Muertos es una celebración muy nuestra de origen prehispánico, que honra a los difuntos el día dos de noviembre, comienza el día primero del mes, y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y todos los Santos

Morelia, Michoacán, 29 de octubre de 2017.- En los últimos años nuestro país México se convirtió en un inmenso camposanto, homicidios dolosos al por mayor, ejecuciones como marca de lo cotidiano que alimentan una narrativa explosiva.

En esta ocasión no abordaremos los saldos de la inseguridad como tal, aunque si lo referente a la muerte desde la perspectiva sociológica además de cultural que se pone de relieve en la entidad acaso más representativa en las fechas de los dos primeros días de noviembre: Michoacán.

Las tradiciones mexicanas del Día de Muertos siguen vigentes, por fortuna es algo que ni el neoliberalismo ha podido estropear porque el bagaje cultural de pertenencia se mantiene en pie en la zona Lacustre y la Meseta Purépecha y de ahí se irradia al resto de la entidad.

Las manifestaciones, altares, arreglos así como los rituales y ceremonias con motivo del Día de Muertos se mantienen como una constante que aquilata el valor de una tradición de sólida raigambre. Se trata, aunque parezca paradójico, de una celebración de vida.

Las raíces de la cultura purembe están vigentes y se manifiestan con sacro simbolismo que encierra una enseñanza vital a través de la muerte misma.

Respecto a la cosmogonía purépecha bien se puede afirmar que los lazos terrenos se manifiestan a través de la fuerza mayor del Universo: el Amor. Se trata de una festividad pagano-religiosa en la que destaca una estampa colorida de sincretismo bajo el amarillo de la flor de cempasúchil, entre otros arreglos que se construyen en espera de las ánimas, en todo lo referente al ceremonial se incluyen elementos de las tradiciones y religiones vigentes en México, desde la época de Mesoamérica hasta nuestros días de la inefable posmodernidad.

En las zonas indígenas permanece inalterable la memoria colectiva, donde se encuentran las vertientes singulares de una celebración que festeja la vida más allá de la muerte. Para nuestros antepasados la vida se medía por  instantes de luz y todo lo existente era parte de una dinámica que giraba alrededor de un orden universal. De acuerdo a la filosofía de los pueblos americanos, la muerte no es más que una prolongación de la vida.

El Día de Muertos es una celebración muy nuestra de origen prehispánico, que honra a los difuntos el día dos de noviembre, comienza el día primero del mes, y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y todos los Santos.

Los orígenes de la celebración del Día de Muertos en México son anteriores a la llegada de los españoles. Hay registro de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha y totonaca. Los rituales que celebran la vida de los ancestros se realizan en estas civilizaciones  por lo menos desde hace tres mil años. Se trata en nuestros pueblos raíz de un reencuentro con la nostalgia y el cariño hacia las personas queridas, cuyas huellas están marcadas en la memoria.

Las tradiciones son, sin duda, los rasgos característicos de los pueblos porque aquilatan su historia, reflejan las costumbres convertidas en leyes no escritas, el bagaje cultural producto de su cosmogonía, medida antropológica de la cultura. Son acentos de identidad.