El debate por la familia y sus paradojas / Jorge E. Traslosheros

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El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, articulista del diario La Razón

El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, artículista del diario La Razón

La magnífica expresión ciudadana a favor de las familias mexicanas es muy digna de llamar la atención; pero más el afán de algunos medios, comunicadores e intelectuales por minimizarla. Les causa sorpresa que los ciudadanos nos ocupemos de la institución más importante de la sociedad, de la cual depende la paz, la estabilidad y la prosperidad de cada persona y de todas las personas.

Ciudad de México, 04 de octubre de 2016.- La magnífica expresión ciudadana a favor de las familias mexicanas es muy digna de llamar la atención; pero más el afán de algunos medios, comunicadores e intelectuales por minimizarla. Les causa sorpresa que los ciudadanos nos ocupemos de la institución más importante de la sociedad, de la cual depende la paz, la estabilidad y la prosperidad de cada persona y de todas las personas. Mientras más arriba se escala en la torre de cristal, más lejos se está de la gente de carne y hueso. El problema no es de quienes marchan por las familias, sino de quienes confunden lo que piensan con la realidad.

Quienes dicen defender la diversidad bajo la bandera de la ideología de género, en realidad la destruyen por la imposición del pensamiento único. Las ideologías son producto de una razón encerrada en sí misma, enferma, que reduce la complejidad a un conjunto de ideas simplonas a partir de las cuales se pretende explicar todo. Como cualquier ideología, ésta tampoco tiene vocación por la justicia, mucho menos por la igualdad, aunque sus voceros se desgañiten gritándolo a los cuatro vientos, en malabares verbosos. No hay nada nuevo. El pensamiento único suele presentarse en muy distintas formas como, por ejemplo, el nacionalismo católico de Franco, el socialismo de Castro, la seguridad nacional de Pinochet, el nacional socialismo de Hitler, el comunismo de Stalin o, en nuestros días, la ideología de género. Coinciden, eso sí, en la búsqueda eficiente del poder para, finalmente, dominar por el sometimiento a la ideología dominante.

Quienes defienden a la familia son quienes en verdad asumen una perspectiva de género, reconociendo la diversidad de experiencias personales y sociales. La perspectiva de género forma parte del método que nos permite conocer y comprender la realidad humana en su riqueza personal, social, histórica y trascendente. Por ejemplo, cuando Michael McGivney fundó los Caballeros de Colón a finales del siglo XIX, lo hizo con clara perspectiva de género. Entonces no le llamaban así, pero es precisamente lo que hizo. Al observar con misericordia la situación de discriminación y explotación que sufrían los migrantes irlandeses en Estados Unidos, así como las terribles consecuencias que traía a la vida de las familias, entendió la necesidad de dedicar su vida pastoral a la educación de los hombres, para que fueran buenos esposos, padres, hijos, abuelos, tíos, sobrinos. La perspectiva de género y la ideología de género son expresiones diametralmente opuestas. Una requiere de una razón que busca, inquiere y comprende; la otra, por tenerlo todo precocido, prescinde de la razón.

Los integrantes del movimiento cívico por la familia son acusados de querer imponer un sólo modelo familiar; mientras que sus acusadores dicen defender a las distintas familias. Sin embargo, son esos ciudadanos quienes realmente piensan a la familia en plural, como esa comunidad que abraza la diversidad de la experiencia humana, la cual se extiende desde el matrimonio fundante, pasando por hijos, tíos, yernos, nueras, abuelos, viudas, madres y padres solos, hijos huérfanos, entenados, hasta abrazar amigos y allegados.

Por lo contrario, quienes hablan de las familias en realidad piensan en singular. Para ellos todo se reduce a núcleos aislados, en el mejor de los casos. Consideran, por ejemplo, que una madre soltera es una realidad en sí misma, porque la enajenan de las relaciones interpersonales que le dan soporte. Lo que hacen es fraccionar la gran realidad familiar, aislando cada una de sus expresiones, hasta dejarla debilitada y desprotegida. Para ellos no existe nada parecido a un cuerpo, tan sólo encuentran por un lado los riñones, por otro el hígado, más allá el corazón. El pensamiento único, por estar en pleito con la razón, se muestra incapaz de entender lo común y lo diverso de la realidad humana.

La familia, como genérico plural, no necesita ser redefinida, sino comprendida, apoyada, protegida y promovida. Esto no se logra imponiendo el pensamiento único, mucho menos fraccionándola para debilitarla. La familia se apoya con políticas públicas amplias, imaginativas e incluyentes que, lejos de sustituir su tarea educativa, socializadora, transmisora de valores y tradiciones, le permita trabajar a sus anchas. Para lograrlo es necesaria una gran imaginación social, cívica y política que provoque a la razón. El problema es que, como las ideologías no entienden de estas cosas, los promotores del pensamiento único se han mostrado incapaces de reflexionar, acercar posiciones y buscar soluciones razonables en pos del bien común.

jtraslos@unam.mx
Twitter: @jtraslos