El Evangelio hoy / El sentido de la vida: darla, no guardarla

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El no entender la vida trae todos los problemas: querer guardarla con riquezas lleva a pecados, e injusticias con las mayorías pobres y dolor.

Morelia, Michoacán, 05 de septiembre de 2017.- En tu vida. Javier quería asegurar su vida. Se hizo gobernador y acumuló riquezas increíbles, desvió dinero. Ahora está preso por ladrón.

Muchos viven obsesionados por el mismo sueño, conocemos amigos y vecinos que todo lo que buscan es tener mucho dinero para asegurar su vida.

Dios habla. Dios a lo largo de toda la historia nos guía y nos enseña a vivir: nos muestra dónde está la felicidad, qué sentido definitivo tiene la vida.

Los hombres en general relacionan la vida con la felicidad y las riquezas.

Queremos una vida sin sufrimiento y totalmente feliz. Aquí hay otra fuente de errores porque no sabemos dónde está la felicidad.

Para entender la vida hay que contemplarla en toda su profundidad y extensión, en su realidad total no en un pedacito. Hay que ver, no la obertura que es esta vida mundana sino la ópera que es el mundo de Dios, no el pequeño túnel obscuro sino el paisaje infinito, no el mundo de sombras y gotas de felicidad sino el país de la vida plena, gozosa e inmortal.

Llevamos un grave defecto de perspectiva: si creemos que esta vida es todo, la vamos a defender con todo, a pesar de que vemos la muerte por todos lados,  lo más seguro que nos espera.

Muchos se aseguran la breve y pobre introducción, y descuidan la realidad de la vida y la plenitud y la pierden.

Nosotros somos seres llenos de limitaciones, destinados a la muerte Dios es la realidad, la plenitud, la vida inmortal.

Si nos desprendemos de nuestra miserable vida y se la damos a Dios, él nos da la vida divina, el gozo, el amor infinitos.

Al dirigirse a Jerusalén, Jesús toma en sus manos su vida con gran dominio y libertad para entregarla al Padre Dios, la ofrece por los mortales para que alcancen su misma vida divina. Va decidido a Jerusalén, resuelto a “padecer ahí mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas… a ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.

Es el sentido de la vida en el plan del Creador: entregar su vida en este mundo para entrar en la vida de Dios. Vivir es entregar la propia vida. El Señor Jesús nos revela el secreto de su sabiduría: “el que quiera venir conmigo que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”.

Esto asusta a muchos psicólogos del mundo que enseñan: al cuerpo lo que pida, a la persona no hay que negarle nada, ni exigirle nada. Pobrecita, se puede traumar.

Tampoco entienden los psicólogos el sentido profundo de la renuncia: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero que pierda su vida por mí la guardará”.

Aquí tenemos que examinarnos, convertir nuestra vida que busca riquezas y placer y dirigirnos a la vida verdadera, eterna, divina. Porque ¿“de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su vida”. No podemos perder la única realidad y la vida real a cambio de una vida placentera y lleva de gusanos que nos atormentan, corroen y nos acercan cada día a la muerte.

Lo que perdemos es la vida de la victoria, la realización de lo que más deseamos y soñamos: “porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria… dará a cada uno lo que merecen sus obras”.

¡Que siga el camino a Jerusalén a todas las torturas, la muerte y al resurrección!

Vive intensamente. Si vas tras los placeres y riquezas del mundo, detente, conviértete, acércate a Cristo y déjate guiar por El.

Cristo con nosotros. En su actitud de entregarnos todo, Cristo está aquí, nos da su cuerpo y su sangre en alimento.

Para platicar en familia. ¿Es tu familia divinamente sabia o mundana? Ten como maestro particular de tus hijos a Cristo, sabiduría de Dios.