El rumbo de la gran marcha por las familias mexicanas

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El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, articulista del diario La Razón

El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, artículista del diario La Razón

No podemos ignorar que, al despertar cívico en favor de las familias se le quiere desprestigiar por lo que nunca ha sido, ni debe ser: la gran batalla contra los homosexuales. Centrarse en el tema es dejar el campo abierto a los radicales de ambos lados, abonar al encono y alejarse de la construcción de una auténtica cultura del encuentro.

Ciudad de México, 30 de septiembre de 2016.- En una democracia la manifestación pública de los ciudadanos es importante; pero, no lo es todo. Por eso, es muy relevante que esta gran marcha por las familias mexicanas tenga dirección y propósito en pos del bien común. ¿Qué hacer, hacia dónde caminar? La pregunta ronda mi corazón. Soy un ciudadano del montón, un católico de a pie y desde esta posición comparto una serie de inquietudes al respecto.

Me queda claro que, la trascendencia de este gran movimiento ciudadano requiere de dos objetivos estratégicos, para afianzar su legitimidad ante la sociedad y sostener el esfuerzo a largo plazo. Uno, debe hacer del bienestar de las familias el centro del debate nacional, de manera especial ahora que los políticos tienen la piel sensible de cara al 2018. Dos, debe provocar una revolución pastoral en clave familiar al interior de la Iglesia católica. Para avanzar en esta dirección me parece importante atender a lo siguiente.

1.- Es urgente deshomosexualizar el debate. Los gays no son el enemigo, vaya, ni siquiera son los adversarios. Un abrazo en la justicia de su demanda, como es la no discriminación, dirá más que mil plataformas políticas. No se trata de ignorar los desacuerdos, siempre enriquecedores, sino de construir puentes de encuentro. No podemos ignorar que, al despertar cívico en favor de las familias se le quiere desprestigiar por lo que nunca ha sido, ni debe ser: la gran batalla contra los homosexuales. Centrarse en el tema es dejar el campo abierto a los radicales de ambos lados, abonar al encono y alejarse de la construcción de una auténtica cultura del encuentro.

2.- Debe derrotarse la homofobia y la intolerancia con caridad e inclusión. Los adalides del pensamiento único quieren sacar ganancia del encono, la división y la violencia, sea simbólica o material. ¿Para qué hacerles el caldo gordo? Ellos quieren cuadricular la sociedad y fraccionarla en bandos, para confrontarla como estrategia de dominación. Esto es tan viejo como el Imperio Romano. Los cristianos tenemos una propuesta de encuentro. Ante todo, somos hijos de Dios y, por ende, personas pletóricas de dignidad. Una vez más, la fe y la razón entran en diálogo. ¿Necesitamos más para tender puentes de encuentro entre creyentes, agnósticos y ateos? Lo que para una persona de buena voluntad es de sentido común, para los cristianos es un imperativo en la caridad.

3.- Las diferencias y necesidades de protección a distintos grupos sociales son grandes oportunidades de encuentro, por lo que deben trabajarse con inteligencia jurídica y sensibilidad social. La generosidad del Derecho civil es un campo idóneo para lograrlo y hay propuestas interesantes sobre la mesa, en concreto, las del doctor Jorge Adame, uno de los juristas más notables de México. La sensibilidad social, por su parte, requiere de datos duros, bien articulados, emanados de investigaciones sociológicas serias como las del doctor Fernando Pliego, líder en la investigación sobre el bienestar social y las familias en sociedades democráticas. Ambos, distinguidos investigadores de la UNAM.

4.- Entonces, lo más importante es profundizar en la denuncia, sin concesiones, del abandono en que los gobiernos de todos los partidos han dejado a las familias mexicanas. Las familias tienen que soportar el peso de la violencia, la corrupción, las deficiencias graves de la seguridad social y del sistema educativo, las pésimas políticas salariales, el desempleo, la crisis económica, los embates del crimen organizado, el cinismo derrochador de los políticos, el desprecio de las élites culturales. En suma, es imperativo insistir a tiempo y destiempo para dejar en claro que la inhumana cultura del descarte hace de la familia una de sus más selectas víctimas. La imposición del pensamiento único es, acaso, la forma ideológica en que hoy se expresa la cultura del descarte y por eso es importante denunciarla en su mentira.

5.- Al interior de la Iglesia debemos provocar una revolución pastoral en clave familiar. Los obispos están más que dispuestos y la catolicidad preparada. No se trata de inventar el hilo negro. Cualquiera que haga vida parroquial conoce lo mucho que se hace en favor de las familias para aliviar sus pesadas cargas; pero es necesario meterle inteligencia, integrar los distintos esfuerzos y generar una nueva cultura pastoral que, por contagio, entusiasme al resto de la sociedad. Tenemos las ideas generadoras para esta revolución: la encíclica de Benedicto XVI “Caritas in Veritate” y a la Exhortación Apostólica “Amoris Laetitia” de Francisco. Seguiremos.

jtraslos@unam.mx
Twitter: @jtraslos