Emiliano Zapata / Teodoro Barajas Rodríguez

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El autor es maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

El autor es maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

Emiliano Zapata es el símbolo más cabal de la revolución que detonara el 20 de noviembre de 1910, sus argumentos sólidos y legítimos dotaron de gran contenido social aquel movimiento que cimbró al país como un auténtico cataclismo un siglo después del inicio de la guerra de independencia de México

Morelia, Michoacán, 10 de abril de 2016.- Emiliano Zapata es, con mucho, el símbolo más diáfano de la Revolución Mexicana, aquel estallido social que registró variaciones diversas porque en un principio se proclamaba la democracia y no más reelecciones, al final muchos de los caudillos se enfrascaron en una guerra sin cuartel por el poder. El caudillo del sur no fue de ese tipo de hombres que dejan convicciones y compromisos por un beneficio o cargo público. Emiliano Zapata no aceptó los ofrecimientos y sobornos del presidente Francisco I. Madero, el primer mandatario de la revolución jamás dejó de ser un novato de la política que no neutralizó al ejército, así dejó todo en manos del “Chacal” Victoriano Huerta.

Emiliano Zapata fue un revolucionario, seguramente el más auténtico, peleó por la tierra, le motivaron los ideales de los hermanos Flores Magón, tuvo en Otilio Montaño a un ideólogo, buscaba otras condiciones para que los campesinos dejaran de ser unos parias sobrevivientes a la miseria.

La revolución registró contrastes, algunos de sus eficaces operarios pactaron, combatieron para llegar al poder. Cuestionaron al antiguo régimen de Porfirio Díaz quien se había entronizado en el poder durante tres décadas hasta envejecer, al paso de los años tras el triunfo del grupo de Agua Prieta que encabezara Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, se pretendió hacer una retrogradación para que el líder de esa facción se reeligiera, tal propósito no se conseguiría porque dice la historia oficial que un reaccionario y fanático religioso mató a balazos al general Obregón.

Emiliano Zapata no buscaba el poder, en todo caso no le sedujo, fue el jinete de la revolución del sur, una trayectoria que inició en Anenecuilco para concluir en Chinameca, sitio en el que fue acribillado como resultado de una traición.

Tierra y libertad proclamó el caudillo del sur, quién diría que años después algunos que se decían admiradores de los revolucionarios reformarían el artículo 27 de nuestra Carta Magna para abrir los carriles al avance de la maquina neoliberal. México es una nación brutal en la que la amnesia ha sido un componente invariable.

Algunos partidos políticos de actualidad parecen deseosos de secuestrar para sí a Emiliano Zapata, el caudillo suriano es patrimonio de México no de facciones o grupúsculos huérfanos de ideólogos que navegan sin contenidos ni ideologías.

El 10 de abril de 1919 fue asesinado Emiliano Zapata, a traición, en un acto orquestado desde las altas esferas en las que imperaba Venustiano Carranza, todo sucedió en Chinameca. Los crímenes desde el poder parece que nunca se extinguieron.

Emiliano Zapata es el símbolo más cabal de la revolución que detonara el 20 de noviembre de 1910, sus argumentos sólidos y legítimos dotaron de gran contenido social aquel movimiento que cimbró al país como un auténtico cataclismo un siglo después del inicio de la guerra de independencia de México.