En busca de la equidad / Columba Arias Solís

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La autora es Maestra en Derecho; catedrática de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH; analista en varios medios de comunicación; y, titular de la Notaría Pública No. 128

La autora es Maestra en Derecho; catedrática de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH; analista en varios medios de comunicación; y, titular de la Notaría Pública No. 128

Aunque hay cambios dirigidos a garantizar equidad laboral, social y política para las mujeres, aún persisten estereotipos y percepciones que les cierran puertas o limitan su protagonismo y acción. (Red PROLID)

Morelia, Michoacán, 15 de agosto de 2016.- Ciertamente la brecha de la desigualdad entre los sexos –al menos en la ley- ha venido acortándose en el país, como consecuencia del esfuerzo de tantas mujeres –y la solidaridad de algunos hombres-, que desde hace muchos años han venido empujando reformas e insistiendo en la firma de las convenciones internacionales y en el cumplimiento de las mismas. A partir del reconocimiento expreso con la firma de los gobiernos a los acuerdos internacionales para evitar la discriminación y la violencia contra las mujeres, así como la igualdad en nuestro país, ha habido diversos avances que se han concretado en las correspondientes reformas legales.

No obstante esas reformas legales a favor de la equidad, que garantizan la inclusión de las mujeres por ejemplo en las candidaturas a los cargos de elección popular en los diferentes niveles de gobierno, así como algunas campañas publicitarias protagonizadas por hombres a favor de la corresponsabilidad en las tareas del hogar y contra la violencia, lo cierto es que hacen falta políticas de Estado que incidan en los cambios de mentalidad de la población tanto de los hombres como de las propias mujeres, para elevar el grado de aceptación del llamado empoderamiento de las mujeres que se refleje en la cotidianeidad de la presencia de ellas en las diversas áreas de trabajo, sin hostigamiento y en igualdad de condiciones y salarios,  y que trasciendan a los espacios de dirección tanto en los ámbitos públicos como en los privados.

A propósito del tema, apenas el pasado 2 de julio la Red PROLID, -plataforma del Banco Interamericano de Desarrollo que promueve intercambios y aprendizajes entre mujeres que ocupan o aspiran a ocupar posiciones de liderazgo en el sector público en Latinoamérica,-  publicaba un  editorial donde mostraba el desfase entre el acceso a las mujeres de mejores condiciones de oportunidad en educación, salud y empoderamiento político, y la aceptación social y masculina frente a los desarrollos constitucionales y jurídicos que garantizan la inclusión femenina. Es decir, la aceptación de sus pares masculinos frente  a los avances jurídicos que hacen incluyentes los espacios para las mujeres no parece haber evolucionado, ni siquiera en los países más desarrollados de Europa como los nórdicos donde a las mujeres se les garantizan las oportunidades de inserción en la mayoría de las áreas, y hace hincapié en la paradoja de dichos países donde a pesar de contar con las garantías de inclusión y participación de las mujeres, éstos tienen una media de violencia de pareja superior a la de Europa.

Al respecto, el editorial señala que las normas que fijan cuotas paritarias para la participación de mujeres en organismos y espacios de dirección empresarial pública y privada, “con frecuencia se convierten en el lleno de un requisito, pero no activan cambios de mentalidad, y, en muchos casos, son solo una referencia para sustentar una “igualdad” que tiene más de apariencia normativa que de realidad práctica, lo cual resulta contraproducente”.

Efectivamente, la mentalidad de cambio a favor de la equidad, de respeto a las mujeres, no es posible de lograrse tan solo por decreto; como ya ha sido demandado por muchos colectivos, los cambios legales deben ir acompañados de un proceso de “desarme cultural de los estereotipos y roles”, en el cual debe trabajarse profundamente no solamente con los entes masculinos, sino además con las propias mujeres, a fin de superar las simulaciones de que se cumplen con las normas que prevén la equidad, pero que solo  propician el gatopardismo en las políticas gubernamentales de género.

Ha sido y es, muy largo y azaroso el camino hacia la equidad de los géneros, más porque el estereotipo cultural en el que se ha encasillado a las mujeres es compartido por muchas de ellas, por ende y como una gran parte de la sociedad “miden con dos varas” el comportamiento de las mujeres y los hombres, y siguen educando con diferencias. Es entonces ineludible el trabajo, la elaboración de una política de reeducación que busque el cambio de mentalidades a favor de una auténtica equidad de géneros, que inicie desde los primeros años de la educación básica y por supuesto, desde el hogar mismo.