La corrupción ¿somos todos? / Columba Arias Solís

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La autora es Maestra en Derecho; catedrática de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH; analista en varios medios de comunicación; y, titular de la Notaría Pública No. 128

La autora es Maestra en Derecho; catedrática de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH; analista en varios medios de comunicación; y, titular de la Notaría Pública No. 128

Además de las necesarias leyes anticorrupción a implementarse en todo el país, es indispensable también adentrarnos en el ámbito del análisis de la corresponsabilidad social en la generalización de los actos de corrupción

Morelia, Michoacán, 11 de octubre de 2016.- Al inaugurar los trabajos de la Semana Nacional de Transparencia 2016, organizada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI) el pasado 28 de septiembre, el presidente Peña Nieto manifestó lo que a algunos incomodó y a otros les resbaló: que la corrupción, lo está en todos los órdenes de la sociedad y en todos los ámbitos, agregando que “no hay alguien que pueda atreverse a arrojar la primera piedra, todos han sido parte de un  modelo que hoy estamos desterrando y deseando cambiar, para beneficio de una sociedad que es más exigente y que se impone nuevos paradigmas”.

La primera observación a su discurso es ¿todos han sido? O más bien ¿todos hemos sido? Es decir, el presidente en su intervención se excepciona de estar comprendido en el fenómeno que lastima a toda la sociedad. Tal vez ya ha olvidado el escándalo nacional por el tema de la famosa “casa blanca”,  asunto que ameritó que el Ejecutivo al promulgar las leyes anticorrupción, el pasado 18 de junio reconociera como “un error” que no solo afectó a su familia sino que “también lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno”. Y no solo eso, además pidió perdón, textualmente el presidente señaló: “Con toda humildad les pido perdón, les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio e indignación que causé”.

Luego el presidente continuó –en el discurso anticorrupción- “si realmente queremos avanzar en el combate, entre otras cosas, a la corrupción, tenemos que hacerlo no por razones de oportunismo político, de revanchismo político, sino porque estemos seriamente comprometidos con cambiar el actuar de las instituciones del Estado mexicano, de los agentes políticos y de los agentes sociales”. Aquí viene la segunda observación: las demandas de diversos sectores,  de colectivos de la sociedad o de personas en lo individual exigiendo acciones que prevengan, combatan y sancionen las acciones de corrupción ¿han sido entonces una cuestión de oportunismo o revanchismo político?

También el presidente se refirió a que quizá algunas generaciones crecieron bajo un modelo que daba por descontado ciertos eventos casi normales de la actividad social, -se entiende que el presidente se refiere aquí a las actividades de la corrupción- pero que “hoy las nuevas generaciones no los quieren, no quieren ser parte de modelos arcaicos, impregnados o de corrupción o de poca transparencia; con nuevos valores en su actuar.

Las reacciones al discurso presidencial no se han hecho esperar, desde los que descalifican el discurso por generalizador, los que señalan que la corrupción se concentra mayoritariamente en el sector de gobierno, hasta los que rechazan tajantemente que todos en México sean corruptos o corruptibles.

Como es conocido, la corrupción en México es un fenómeno depredador que ha ido carcomiendo las instituciones públicas, provocando pérdidas económicas importantes y retrasando el desarrollo de la sociedad, siempre de la mano de su gemela la impunidad. Los diversos estudios sobre el fenómeno han dejado claro que si bien es el sector público donde más actos de corrupción se cometen, ello no significa que sea el único ámbito en el que funciona.

Amparo Casar lo evidenció en la obra Anatomía de la Corrupción, donde muestra cifras que ilustran nuestra realidad en el escabroso tema: el 44 % de las empresas en México reconoció haber pagado un soborno para agilizar trámites y obtener licencias y permisos.

Dicha investigación cita las cifras del INEGI de hace 3 años, en que se registraron más de 4 millones de actos de pequeña corrupción, y sin embargo, solamente 2% de los delitos de corrupción son castigados, siempre los cometidos por mandos inferiores. En 14 años, de las 444 denuncias presentadas por la Auditoría Superior de la Federación, sólo 7 fueron consignadas.

No obstante la pésima calificación que nuestro país año con año obtiene en niveles de corrupción, -el Foro Económico Mundial colocó a México en el lugar 13 de los países más corruptos del mundo- el estudio señalado consigna que los mexicanos nos sentimos honestos, que la percepción de corrupción en nuestros círculos cercanos es baja; 43% de los mexicanos cree que sus familiares nunca son corruptos; 38 % cree que sus vecinos nunca son corruptos; 20 % cree que sus compañeros de trabajo nunca son corruptos.

No solamente el ejecutivo mexicano, mucho antes que él, diversos estudios han evidenciado que la corrupción en nuestro país es un problema cultural. Además de las necesarias leyes anticorrupción a implementarse en todo el país, es indispensable también adentrarnos en el ámbito del análisis de la corresponsabilidad social en la generalización de los actos de corrupción. Desde la comisión de aquellas conductas que parecen inocuas e intrascendentes como la famosa mordida al funcionario menor; la omisión ante conductas evidentes de corrupción que se presencian y muchas más que inician con pequeños actos cometidos en el mismo seno familiar, o en las instituciones de educación, acaso ¿copiar en los exámenes no es un acto de corrupción? Entremos en serio al cuestionamiento, de verdad ¿la corrupción somos todos?