La gran marcha por las familias mexicanas / Jorge E. Traslosheros

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El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, articulista del diario La Razón

El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, artículista del diario La Razón

El pasado 13 de agosto participaron más de un millón de personas, en numerosas marchas, por diferentes ciudades del país, a favor de las familias mexicanas. Nadie puede pasarlas por alto sin abofetearse con la realidad, por muy acendradas fobias que tengan contra los cristianos, por muy progres que se consideren.

Ciudad de México, 23 de septiembre de 2016.- El pasado 13 de agosto participaron más de un millón de personas, en numerosas marchas, por diferentes ciudades del país, a favor de las familias mexicanas. Nadie puede pasarlas por alto sin abofetearse con la realidad, por muy acendradas fobias que tengan contra los cristianos, por muy progres que se consideren. El hecho merece una serena reflexión.

1.- Estas marchas, extendidas por gran parte del país, fueron un éxito. Representan diversos y muy importantes sectores de la ciudadanía, cuyas voces merecen ser escuchadas con atención y no despreciadas con ascendente agresividad, como ha sucedido en algunos medios.

2.- Por su organización y realización, podemos afirmar que han dejado una gran lección de civismo. Es evidente que los ciudadanos sí podemos expresarnos con claridad en la calle, sin necesidad de fastidiarle la vida a nuestros semejantes.

3.- También han demostrado que los cristianos hemos alcanzado la mayoría de edad como ciudadanos. Incluso me atrevo a decir que pueden ser decisivas para superar el más grave mal que ha afectado a los católicos desde mediados del siglo pasado, como es el catolicismo vergonzante. Esa esquizofrénica costumbre de divorciar nuestra fe del testimonio público, convirtiéndonos en ciudadanos autoexcluidos, infantilizados y de segunda mano.

4.- Las manifestaciones fueron un éxito también para el desarrollo de nuestra democracia. Incluso entre algunos, pocos, de los más feroces detractores se aceptó el derecho que nos asiste a manifestarnos en la arena pública, en ejercicio de nuestra libertad de expresión, manifestación, organización y de religión. Claro, después nos llenaron de adjetivos horrorosos; pero no me parece tan importante. El sólo hecho de que acepten nuestra plena ciudadanía ya es una sorprendente novedad y una rendija abierta al encuentro. Los católicos estamos llamados a construir puentes, incluso ante quienes se empeñan en dinamitar los caminos.

5.- Si miramos las cosas con calma, sólo el Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación salió raspado y no porque alguien le haya echado sal, sino por su propia mano. El Conapred se ha erigido ya en la policía del pensamiento único en México. Debería ser un ágora de la diversidad de nuestras voces, un lugar de encuentro, pero se ha convertido en promotora de la diatriba y la intolerancia contra quienes se atreven a tocar con el pétalo de una letra, o de una palabra, las normas de corrección política, sin importar mucho que se trate del director de un canal de televisión o de un montón de ciudadanos.

6.- Con su policiaca actitud, el Conapred abona decisivamente al desprestigio de los organismos defensores de los derechos humanos en México y, con ello, de los derechos humanos mismos, de por sí en grave crisis de credibilidad entre los ciudadanos, con independencia de su credo político, cívico o religioso. El asunto es muy grave, porque los derechos humanos son el primer y último recurso que los ciudadanos tenemos para defendernos de los instintos autoritarios que abundan entre quienes detentan el poder del Estado. Su manipulación para imponer una ideología única sólo ayuda a complicar la situación del mexicano del común, ya de por sí muy jodida.

7.- El Conapred es un organismo del Estado y tal parece que quisiera obligar al gobierno y a la sociedad civil a reprimir a cuantos opinen distinto de la norma de corrección. Una pesadilla. Las instituciones defensoras de los derechos humanos convertidas en adalides del pensamiento único y agentes de la persecución ideológica. No sería la primera vez que un régimen autoritario se levante usurpando discursos de justicia, seguridad, igualdad y equidad. Es tiempo de sonar alarmas. El huevo de la serpiente del autoritarismo está siendo incubado. Creyentes, agnósticos y ateos, ciudadanos comunes de pleno derecho, haríamos bien en llamar a la civilidad, el diálogo y el encuentro, para tender puentes que comuniquen a las personas, sin que nadie tenga que renunciar a su propia identidad.

8.- Los ciudadanos que marcharon ese fin de semana lograron algo que parecía impensable: poner en el centro del debate nacional el tema de las familias y su bienestar. Sin embargo, existe el riesgo de que el recién nacido muera en manos de los guardianes del pensamiento único. Para evitarlo será necesario profundizar, meterle inteligencia al asunto y ganar claridad en los planteamientos de manera incluyente, justa y misericordiosa. Seguiremos la próxima semana con nuestras reflexiones.

jtraslos@unam.mx
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 @jtraslos