La Iglesia mexicana, camino al 2031 / Felipe Monroy

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Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

 

Se realizará la 102ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano donde casi un centenar y medio de obispos podrán ponerse en sintonía con los acontecimientos del último semestre del año. Hay noticias por celebrar y hay decisiones que se deben ir tomando anticipando los escenarios del 2017.

Ciudad de México, 05 de noviembre de 2016.- Del 7 al 11 de noviembre próximos, se realizará la 102ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) donde casi un centenar y medio de obispos podrán ponerse en sintonía con los acontecimientos del último semestre del año. Hay noticias por celebrar y hay decisiones que se deben ir tomando anticipando los escenarios del 2017.

Los dos acontecimientos centrales que los obispos mexicanos estarán conociendo de primera mano son: la llegada del Nuncio apostólico, Franco Coppola, quien hace apenas dos semanas entregó sus cartas credenciales al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y quien además sostuvo un encuentro con el secretario de Gobernación el 3 de noviembre pasado; y además, está el nombramiento cardenalicio que el papa Francisco confió al arzobispo Carlos Aguiar Retes, el cual será impuesto el próximo 19 de este mes en Roma.

Estos dos hechos reconfiguran sutil pero eficientemente el perfil del episcopado mexicano frente a la difícil agenda eclesiástica que se aproxima. Por un lado, los cinco cardenales mexicanos (nunca hubo tantos purpurados mexicanos con tanto peso de participación) podrán asumir un protagonismo interesante en las futuras sucesiones arzobispales de gran impacto para el país (Morelia, México, Oaxaca) y, por otro, va a ser fundamental el conocimiento y diálogo del Nuncio con la Iglesia nacional para encontrar coincidencias en esa ‘vía mexicana’ que el propio Coppola desea para abordar agendas sociales polémicas.

Aunque la mayoría de los analistas religiosos ocupan largas conjeturas sobre las decisiones que el Papa estará en breve tomando para reemplazar a dos polos importantes de la vida eclesial en México (el cardenal Alberto Suárez Inda, de Morelia, está a meses de cumplir 78 años; y el cardenal Norberto Rivera Carrera, de México, cumple la edad canónica de retiro en junio próximo); la propia Conferencia del Episcopado intentará llevar más allá de las coyunturas un plan global pastoral cuyo cuerpo esté soportado en un muy amplio lapso del siglo: 2017-2031.

El periodo no es un capricho. Responde a la conmemoración de medio milenio de presencia católica en México: desde los primeros actos de evangelización realizados por los misioneros españoles con los nativos hasta el mayúsculo Acontecimiento Guadalupano, el cual confirmó la plena inculturación cristiana en los pueblos indígenas mexicanos.

El plan parece ambicioso y veremos si es posible llevarlo a cabo, porque para lograr un extendido consenso entre los obispos, antes se requiere que los organismos de la CEM realmente trabajen coordinadamente y logren articular los diferentes esfuerzos que a lo largo y ancho del país se realizan en áreas específicas de la llamada ‘Nueva Evangelización’. Un desafío no menor para el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, quien como presidente del Episcopado Mexicano se ha mantenido al margen de varios de los escenarios de la Iglesia en México quizá siguiendo las sugerencias del Papa: “el objetivo general y los proyectos que elaboremos han de favorecer que nos acerquemos más a nuestra gente… Esto es lo esencial… no perdamos tiempo y energías en cosas secundarias, como habladurías e intrigas, carrerismo, planes de hegemonía, clubs de intereses o de consorterías, murmuraciones y maledicencias”, dijo el cardenal apenas en abril pasado parafraseando al papa Francisco.

Lo cual lleva al último punto –pero no el menos importante- por reflexionar para la presente asamblea general: ¿Qué dejó el papa Francisco en su paso por México? ¿Qué dinámicas, compromisos o acciones se han puesto en marcha para no dejar el mensaje del pontífice en mero espectáculo? En febrero del 2017 se cumplirá un año de su trepidante estancia en el país y aún hay sectores eclesiales que no han pasado de la anécdota. ¿Dónde se ha manifestado el compromiso de la Iglesia con la juventud, esa ‘riqueza de México’? ¿Cuáles obras religiosas sí han dado un paso adelante en la audacia por transformar al país y no resignarse al modelo de exclusión imperante? ¿Qué tanto se ha trabajado con las comunidades indígenas para que la sociedad mexicana aprenda de su relación ecológica con la Tierra? ¿Cómo se ha involucrado la grey católica en el diálogo, confrontación y encuentro entre el mundo empresarial y el sector laboral para remediar la inequidad y desigualdad económica? ¿Cómo se ha llevado el consuelo maternal de la Iglesia –siguiendo la mirada de Guadalupe- a los desposeídos, las víctimas, los migrantes, las familias en situación de pobreza, los heridos, los hambrientos, los excluidos, los discriminados…?

Entre las peticiones del Papa a la Iglesia de México, Coppola tiene su propia encomienda: mejorar las relaciones entre los episcopados mexicano y estadounidense. Tema de gran interés para Francisco pues no en vano ha enviado al exnuncio en México, Christophe Pierre a su sede diplomática en Washington, dio luz verde para la diócesis fronteriza de Nogales y quizá se sigan escuchando muchas sorpresas de los obispos y diócesis ubicadas en la frontera de ambas naciones. Las coyunturas políticas, económicas y sociales de ambos países requieren de un gran diálogo entre sus Iglesias.

Porque para conmemorar los 500 años de catolicismo en México no son pocas las obras y los actos históricos de los creyentes que se pueden –y se deben- celebrar; pero para no sólo jactarse del pasado y para dar razones de futuras conmemoraciones es preciso que cada generación dé un testimonio que perdure porque “el tiempo es superior al espacio”. @monroyfelipe