Nuestra costumbre / Teodoro Barajas Rodríguez

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El autor es maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

El autor es maestro en Gobierno y Asuntos Públicos, así como candidato a Doctor en Ciencias Políticas

La tradición mexicana vive en medio del colorido y los acentos tan nuestros, que resaltan la cultura con sus bien articulados usos, los que derivan de los cruces de concepciones antiquísimas: desde el periodo precolombino hasta las influencias e imposiciones cristianas derivadas en sincretismo.

Morelia, Michoacán, 01 de noviembre de 2015.- Altares, calaveritas, flores, el retorno de las ánimas y el caudal de nostalgias que se vive por la muerte en los cementerios son estampas  típicas que reflejan el sello inveterado de las raíces del árbol de la mexicanidad.

Hemos participado como jurado calificador en concursos de altares en diversas instituciones educativas; me llama la atención que muchos son dedicados a la comunidad cultural: Gabriel García Márquez, Frida Kahlo, Pedro Infante, por citar algunos. Se evoca a los creadores, lo cual es una buena señal, porque ello implica que están en la memoria colectiva por las luces que aportaron, sus obras no han transitado al olvido, más bien han trascendido al tiempo.

La tradición mexicana vive en medio del colorido y los acentos tan nuestros, que resaltan la cultura con sus bien articulados usos, los que derivan de los cruces de concepciones antiquísimas: desde el periodo precolombino hasta las influencias e imposiciones cristianas derivadas en sincretismo.

En las tierras sajonas festejan el Hallowen con su origen celta, algunos agregan las variantes de los zombis; ellos celebran la noche de brujas, la vuelta al mundo de los espíritus perversos, dolientes,  que se convirtió, vía globalización, en una actividad que recorre el mundo. Aún con esos afanes de suyo consumistas e igual de estrafalarios, no se ha diluido el compendio de tradiciones mexicanas, sus leyendas. Las leyes no escritas que suelen aplicarse cíclicamente revelan el patrimonio de riqueza ancestral.

Cada cual vive a su manera el día de los difuntos, el contenido emotivo tiene ya el dibujo personalísimo de los sentimientos; añoranza, evocación de lo que ya se ha marchado aunque vive en la memoria, ese disco duro que suele almacenar los inefables capítulos de la existencia. Tal vez en otros pesan los remordimientos o las omisiones y entonces se interpretan las canciones que remiten a los gustos o la melancolía por el recuerdo de los seres queridos que a este plano existencial no volverán.

En los últimos años se percibe un mayor involucramiento de las autoridades educativas en la preservación y divulgación de nuestras tradiciones, lo cual es un punto acertado. Los componentes de un pueblo rubrican su identidad, su continente y esos acentos son los que describen las raíces que sostienen una cultura impregnada de tantos colores.

La muerte y la vida como una moneda de dos caras, el alfa y omega en el abecedario de la existencia, ambas son cosas tan tangibles como incontrovertibles. Los rostros de la tradición como retratos cosmogónicos inscritos en la enciclopedia de los clásicos.