Prolegómenos a una persecución religiosa / Jorge E. Traslosheros

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El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, articulista del diario La Razón

El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, artículista del diario La Razón

Los adalides de la autoproclamada izquierda progresista —que no son ni lo uno ni lo otro— nunca me defraudan. Son previsibles hasta en sus obsesiones. Bien podrían hacer el esfuerzo de entender el verdadero significado de un Estado laico con aspiraciones democráticas, pues sólo así comprenderían que las iglesias, fieles y pastores, somos parte integral de la sociedad civil.

Ciudad de México, 23 de agosto de 2016.- El obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, es un pastor con olor a oveja. Encontró una diócesis desmantelada y una población sumida en el temor y el pesimismo ante la situación generalizada de violencia y corrupción en el Estado de Morelos.

Apenas llegó a su diócesis, hace tres años, emprendió una visita general por cada rincón del Estado. Escuchó las cuitas de la feligresía y demás personas que quisieran compartir su palabra. Su sensibilidad pastoral le ha convertido en la voz de la esperanza de los que no tienen voz. Ha seguido la ruta del Santo Cura de Ars: reconstruir la Iglesia desde el sagrario a la calle, con pasión misionera, para ponerla al servicio de la gente.

La voz y la pastoral del obispo Castro han provocado la furia del gobernador Graco Ramírez, un hombre acostumbrado a tropezar con sus propios errores. Empeñado en negar la difícil situación de las personas que viven y transitan por el estado, ha emprendido una campaña de difamación en contra del obispo Ramón Castro, sin faltar acciones de hostigamiento e intimidación. Al rencor del gobernador de Morelos se ha sumado la dirigencia nacional del PRD, su partido, al grado de exigir a la Secretaría de Gobernación que tome acciones punitivas en su contra.

Los adalides de la autoproclamada izquierda progresista —que no son ni lo uno ni lo otro— nunca me defraudan. Son previsibles hasta en sus obsesiones. Cuando el Papa señala la necesidad de que los obispos sean misioneros para fomentar una Iglesia de salida y encuentro; cuando los conmina a no tener miedo de convertirse en abogados de la justicia entre su gente; cuando les invita a ser auténticos pastores con olor a oveja; entonces los corifeos de esta izquierda y sus líderes festinan sus palabras y se ensañan contra los católicos, como si entre nosotros sólo y únicamente hubiese pastores desentendidos. Pero, cuando en los hechos se topan de frente con un pastor con olor a oveja quien, en medio de realidades lacerantes, alza su voz profética, entonces emprenden campañas de difamación, acoso y persecución. Halagan las palabras del Papa, mientras persiguen a sus pastores.

De igual suerte, cuando algún obispo o sacerdote emite opiniones favorables a sus intereses políticos, entonces los celebran, les dedican las primeras planas de sus periódicos y citan sus palabras en la palestra pública; pero cuando los critican por sus malos gobiernos y fechorías, entonces buscan por todos los medios acallarlos, al grado de exigir la criminalización de sus opiniones. San Juan Bautista reservó palabras muy duras para esos gobernantes quienes, como Herodes, creen que cortando cabezas ocultan realidades.

Los políticos e intelectuales de esa izquierda deberían refrenar sus primitivos instintos autoritarios. Bien podrían hacer el esfuerzo de entender el verdadero significado de un Estado laico con aspiraciones democráticas, pues sólo así comprenderían que las iglesias, fieles y pastores, somos parte integral de la sociedad civil. Al expresarnos no les pedimos permiso, porque lo hacemos en pleno ejercicio de nuestros derechos ciudadanos a la libre manifestación de las ideas, a la libertad de asociación, de manifestación y, sobre todo, al ejercicio de nuestro derecho humano a la libertad de religión.

Ya es tiempo de que entiendan que, al atacar a las iglesias, se confrontan con la sociedad civil y que ésta es el único fundamento de la democracia. Sí, la ciudadanía, no la partidocracia. Lo cierto es que, no solamente les molesta la libertad con la cual los católicos actuamos y expresamos nuestras opiniones, también les enfurece que la sociedad civil ejerza sus libertades de manera crítica, propositiva e independiente. No es casualidad que, junto al obispo Ramón Castro, otros ciudadanos hayan sido también atacados, como Alejandro Vera, rector de la UAEM, o mi querido Javier Sicilia entre muchos.

Quienes ahora, dentro del PRD, escriben con su añeja intolerancia los prolegómenos de una persecución religiosa, harían bien en leer con calma las palabras del obispo Ramón Castro en sus declaraciones al periódico Sur Digital (14 de agosto). Con su acostumbrada sencillez, afirmó: “Yo soy pastor y he escuchado a mis ovejas. No creo que eso vaya a ser un delito y, si lo fuera, haría evangelización con los presos”.

La víspera del 16 de agosto, día en que la población morelense salió a las calles a manifestar su hartazgo, dio inicio el año jubilar por el centenario del nacimiento del Beato Oscar Arnulfo Romero. Los tiempos de Dios son perfectos.

jtraslos@unam.mx
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 @jtraslos