Volver humildemente a la obediencia… / Felipe Monroy

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Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

Formado en la UNAM, tras colaborar con el Semanario Desde la Fe y contribuir a crear el sistema informativo de la Arquidiócesis de México, el autor es director de la revista Vida Nueva, que se publica con éxito desde hace más de 50 años en España

Quizá suene paradójico pero “volver humildemente a la plena obediencia al Papa” es justamente lo que, en el fondo, los cardenales inquietos quieren hacer; sin embargo, Francisco parece preferir el camino de la revolución

Ciudad de México, 24 de noviembre de 2016.- Hay que decirlo con claridad: en la Iglesia católica de la era Francisco se asoman nuevos agüeros de animadversión y desconfianza. Si bien es cierto que el argentino fue muy bien recibido como pontífice romano, su discurso y sus acciones ya están terminando con la ‘respetuosa paciencia’ de varios sectores eclesiales, especialmente de los grupos mejor revestidos por los fueros del catolicismo institucional.

El más reciente jaloneo corporativo es la carta que cuatro cardenales retirados (Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner) divulgaron sobre las “dudas” que le plantean a Francisco sobre las consecuencias de su Exhortación Apostólica ‘Amoris Laetitia’. Según señalan los cardenales, sus inquietudes fueron transmitidas al papa Francisco mediante las vías institucionales y, al no tener respuesta, difundieron a la opinión pública las cinco preguntas que hacen a Bergoglio sobre inconsistencias de su texto con la tradición y el magisterio de Juan Pablo II. El acto ha sido interpretado de muchas maneras pero hay que concederle a los cuatro purpurados el que hayan mostrado de frente y públicamente su profunda consternación al papa Francisco, gracias a ese acto público ahora resulta evidente el pensamiento monocromático al que esos ministros están acostumbrados y también confirman que las preguntas sobre lo lícito y lo legal que los fariseos hacían a Jesús siguen muy vigentes.

Este episodio podría complicarse pero no ha sido el único de su tipo: el año pasado se filtró cierta carta que trece cardenales hicieron al Papa cuestionando la metodología en los sínodos sobre la familia y cuyo fruto documental es precisamente ‘Amoris Laetitia’. A diferencia de la reciente exposición de los cuatro cardenales, la carta de los trece purpurados del 2015 fue una filtración de un documento privado y, por tanto, varios de los implicados se deslindaron de la controversial misiva; aunque, para ser justos, aquellas opiniones suenan ahora más razonables que entonces a la luz del pre-conflicto que plantean los purpurados Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner.

Los cuatro cardenales de las ‘dudas’ quizá tienen razón al advertir que este no es un conflicto entre católicos “progresistas y conservadores” pero es claro que tampoco es un tema de “salvación de las almas” como alegan; en todo caso, es un conflicto institucional. Un conflicto que podría tocar otras áreas de la legislación eclesiástica.

img_3138-161124Por ejemplo, tras la clausura del Año de la Misericordia, el papa Francisco presentó su Carta Apostólica ‘Misericordia et Misere’ y en ella aparecen algunos decretos a vuela pluma que ahora deben traducirse en glosas marginales al Derecho Canónico, en los perfiles reglamentarios de ciertos Dicasterios Romanos o, incluso, en la creación de una nueva responsabilidad burocrática de la Santa Sede ‘Motu Proprio’.

Sin embargo, quien no parece estar muy preocupado por esas fisuras del andamiaje institucional bimilenario de la Iglesia católica es, sorprendentemente, el propio Francisco. En su más reciente carta no sólo promueve decretos ciertamente complejos de asumir institucionalmente en el corto plazo, el Papa hace una abierta invitación a una “verdadera revolución cultural” donde la humanidad actúe con simplicidad en gestos “que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas”.

En el cuarto año del pontificado de Bergoglio se vislumbra con claridad a qué se refería con su ya histórica frase “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”. La cual algunos quisieron creer que era más un slogan que un verdadero anhelo.

Ahora el aparato está moviéndose, lentamente pero con eficacia. La reacción al estilo Francisco va montada sobre el mayúsculo cuerpo eclesiástico, con todo su vademécum legislativo y la masiva riqueza magisterial de veinte centurias.

Y, a pesar de ello, Bergoglio ha hecho su contraofensiva con ‘Misericordia et misera’. A todos los cuestionamientos que sólo quieren leer y aplicar la jurisdicción formal de la suprema institución les advierte: “En el centro no se aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona”. Además, les insiste que, si es cuestión de imitar a Jesús, deben reconocer que “no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto”, incluso afirma que Jesús no hace “ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión” hacia la condición de los pecadores.

Por si fuera poco, Francisco espera que nadie más se monte en el conflicto: en una entrevista a Tv2000/InBlue aseguró que los aduladores “le dan alergia” y que “merece” plenamente a sus detractores. Es decir, que nadie cierre filas en torno a él sólo por quedar bien con el Sumo Pontífice.

Hablar de un nuevo cisma en la Iglesia es aún muy prematuro y falto de realidad pero, como dato al calce, hay que recordar que en 1988 sucedió el último cisma dentro de la Iglesia católica. Lo consumó el obispo Marcel Lefébvre hasta esa fecha mediante la ordenación de obispos ilícitos, aunque jamás estuvo de acuerdo con el espíritu del Concilio Vaticano II de los años sesenta. Lefébvre mantuvo mucha resistencia a las reformas de ‘modernización’ de la Iglesia y se declaró un verdadero “guardián de la fe y de la tradición” a lo largo de 20 años. Según consignan fuentes eclesiales, el papa Juan Pablo II quiso evitar la separación de los lefebvristas mediante una carta que le envío al obispo: “Os invito ardientemente a volver humildemente a la plena obediencia al Vicario de Cristo”.

Quizá suene paradójico pero “volver humildemente a la plena obediencia al Papa” es justamente lo que, en el fondo, los cardenales inquietos quieren hacer; sin embargo, Francisco parece preferir el camino de la revolución.

@monroyfelipe