Arranca la competencia en el FICM con Casa Caracol

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Casa Caracol es un filme honesto, se siente el compromiso genuino de Jean-Marc Rousseau con su obra, pero eso no es suficiente. Cuando la atención del espectador se centra en el tono marcadamente grisáceo de la cinta nos damos cuenta que hay poco y nada perdurable en ella.

Casa Caracol es un filme honesto, se siente el compromiso genuino de Jean-Marc Rousseau con su obra, pero eso no es suficiente. Cuando la atención del espectador se centra en el tono marcadamente grisáceo de la cinta nos damos cuenta que hay poco y nada perdurable en ella. (FOTO: ARMANDO CASIMIRO GUZMÁN)

Después de la inauguración de rigor, arrancó por fin la decimoquinta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) con la sección de Largometrajes Mexicanos en Competencia, la cual abrió con Casa Caracol (2017), ópera prima de Jean-Marc Rousseau Ruiz, el cual fue recibido con cierto desánimo en la función de prensa matutina

Morelia, Michoacán, 22 de octubre de 2017.- Después de la inauguración de rigor, arrancó por fin la decimoquinta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) con la sección de Largometrajes Mexicanos en Competencia, la cual abrió con Casa Caracol (2017), ópera prima de Jean-Marc Rousseau Ruiz, el cual fue recibido con cierto desánimo en la función de prensa matutina.

El largometraje debut del cineasta potosino cumple con los estándares que rigen el cine mexicano que se hace al margen de las grandes producciones: muchos años de preparación, de búsqueda de financiamiento, para finalmente terminar el montaje y no tener distribuidora. “Nosotros bromeábamos al respecto: ésta no es una película low budget, más bien es una película no budget”, comentó durante la rueda de prensa la actriz Rosalba García, refiriéndose a las carencias del rodaje.

Jean-Marc Rousseau refiere que inicialmente buscaba contar una pequeña historia que transcurriera en una locación única. Conocía Xilitla desde hace mucho tiempo y pensó que el Jardín Edward James, con sus esculturas, exuberante vegetación y caídas de agua, sería un buen lugar para contar la historia de un personaje femenino que busca aislarse y encontrarse a sí misma después de una tragedia personal. De esa manera surgió el guion que coescribió junto a Francisco Vargas Quevedo.

En el filme nos presentan a Sofía, una mujer que vive atormentada por la desaparición de su marido. En búsqueda de consuelo, decide tomarse unos días para viajar a San Luis Potosí, concretamente al municipio de Xilitla, famoso por Las Pozas, conjunto arquitectónico y escultórico surrealista que atrae una gran cantidad de turistas. La protagonista decide instalarse en el hostal Casa Caracol, un lugar en donde predomina un ambiente de aparente libertad y relajamiento. Sofía pronto se enamora de Nico, un empleado del hostal de oscuros antecedentes y cuya cercanía con un grupo de personas peligrosas llevará a nuestro personaje a vivir una experiencia aterradora.

El relato parece girar en torno a un espacio geográfico idílico, de aparente tranquilidad, pero en el que subyacen una serie de elementos malignos que pueden convertir el anhelado paraíso en una pesadilla de la peor calaña. Pero el planteamiento parece agotarse muy pronto cuando todas las pistas que ofrece son demasiado obvias: el vendedor de periódicos amarillistas, la muerte en la plaza principal, los tipos malos en camioneta al más puro estilo narcotraficante… todo ello sugiere la tormenta que se avecina para un personaje femenino marcadamente indolente.

El elenco incluye pequeños papeles para actores reconocidos como Harold Torres y Gerardo Taracena. Pero aunque Rosalba García hace un gran esfuerzo, no es capaz de llevar el peso de la película, podemos encontrar en su desempeño titubeos e inexpresividad. Es cierto que algunas escenas no ayudan (¿era necesario ponerla a tocar la guitarra?), pero su prolongada aparición a cuadro acentúa sus deficiencias.

Casa Caracol es un filme honesto, se siente el compromiso genuino de Jean-Marc Rousseau con su obra, pero eso no es suficiente. Cuando la atención del espectador se centra en el tono marcadamente grisáceo de la cinta nos damos cuenta que hay poco y nada perdurable en ella.