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Cartelera Retrospectiva: Los muertos no mueren

Es justamente la polémica técnica conocida como “fracking”, la causante de un desequilibrio terrestre que provoca entre otras sutilezas, que los muertos abandonen sus tumbas para realizar actividades que les gustaba hacer en vida, no podía faltar la manía de devorar personas

Morelia, Michoacán, 16 de noviembre de 2019.- Jim Jarmusch es indudablemente uno de los consentidos de Cannes, nueve de sus largometrajes se han estrenado en el certamen francés. Es por ello que no resultó ninguna sorpresa cuando Los muertos no mueren (The dead don’t die, 2019), fuera la elegida para abrir la competencia de este año. La película, que llega al circuito de arte gracias a Cine Caníbal, tuvo un discreto paso por la cartelera estadounidense cuando se estrenó en junio, bajo el esquema de lanzamiento nacional, algo inusual para el cineasta nacido en Ohio. 

Parece un tanto sorpresivo que Jarmusch haya incursionado de lleno al cine de zombis, aunque no lo es tanto si recordamos que apenas hace unos años hizo otra curiosa película de género, Solo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013), en donde Tilda Swinton y Tom Hiddleston interpretan a una pareja de vampiros en plena crisis existencial. 

Aunque se da por descontado que la película es un homenaje al cine de género, lo cierto es que también ofrece algunos apuntes sobre temas de actualidad en Estados Unidos y el mundo. Es justamente la polémica técnica conocida como “fracking”, la causante de un desequilibrio terrestre que provoca entre otras sutilezas, que los muertos abandonen sus tumbas para realizar actividades que les gustaba hacer en vida (tomar café, practicar algún deporte o buscar señal de wi-fi con sus teléfonos celulares), no podía faltar la manía de devorar personas para cumplir con aquella condición indispensable del zombi promedio.

La acción se desarrolla en el pequeño poblado de Centerville (hay al menos una decena de lugares que llevan ese nombre en la Unión Americana, lo que nos da una idea de que podría haber sucedido en cualquier parte del país), en donde coexiste una muestra representativa de la sociedad campirana estadounidense: los blancos conservadores, los inmigrantes latinos, los citadinos advenedizos y el granjero racista que porta una gorra con la leyenda “Keep America white again”, irónica alusión a las políticas de Trump. 

Aunque estos elementos sociales parecen tomar fuerza al inicio de la cinta se van diluyendo conforme avanza el metraje. Su lugar es ocupado por una serie de referencias, tan numerosas, que por momentos se vuelven abrumadoras. Lo mismo nos remiten a cintas clásicas del género, específicamente a La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968), de George A. Romero, que a los antecedentes fílmicos de los actores: Adam Driver carga un llavero de Star Wars (participa en dos películas de la saga), mientras que Bill Murray ve como decapitan a un zombi que se viste igual al personaje que interpretó en Tierra de zombies (Zombieland, 2009). Para seguir con los homenajes, hay que decir que “Los muertos no mueren” es el título de una canción del cantautor country Sturgill Simpson, quien también hace una aparición como muerto viviente. 

Y así, entre referencias se va perdiendo la película, la cual alcanza sus momentos más desconcertantes en el tramo final del metraje, en donde los únicos sobrevivientes de Centerville intentan sobrevivir a una horda de zombis hambrientos, previa aparición de un platillo volador. Extrañamente, semejante combinación narrada en clave humorística resulta sumamente entretenida, pero aun así, no deja de ser un trabajo muy menor para un cineasta del calibre de Jim Jarmusch.   

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