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Describe Víctor Serrato casos de tortura tras granadazos de Morelia

A través de su cuenta de Facebook, el dos veces presidente de la CEDH describe detalles sobre la detención de “chivos expiatorios” tras los atentados con granadas del 15 de septiembre de 2008

Morelia, Michoacán, 29 de junio de 2020.- Víctor Manuel Serrato Lozano confirmó y describió la existencia de casos de tortura tras los “granadazos” de Morelia.

A través de su cuenta de Facebook, el dos veces presidente de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDH) describe detalles sobre la detención de “chivos expiatorios” tras los terribles atentados con granadas del 15 de septiembre de 2008, mismos que marcaron la historia de la capital michoacana.

A continuación, ATIEMPO (www.atiempo.mx), su portal de noticias y denuncias por internet, reproduce íntegro el texto publicado este mismo lunes por Víctor Serrato:

Buenos días amigos, terribles episodios han marcado la vida de Michoacán, entre ellos el caso del atentado con granadas en la fiesta patria de 2008, el surgimiento de las autodefensas, la masacre de Tanhuato y muchos más. Por lo que ve al ataque con granadas a la población civil en aquel triste 15 de septiembre, la entonces Procuraduría General de la República al mando de Eduardo Medina Mora, se empecino en fabricar culpables, seguramente por la presión social, por muchos años se mantuvo en prisión a varias personas que resultaron inocentes, a los cuales se les atormento bestialmente; pero México y Michoacán no necesitamos una justicia que recaiga en “chivos expiatorios”, sino una respaldada por los hechos y con castigo ejemplar a los culpables. Apoyado en declaraciones que obran en el expediente del caso sustanciado en el tribunal federal correspondiente, actualmente escribo un libro sobre estos acontecimientos, sin embargo y consciente de los riesgos que ello implica, hoy quiero compartir con ustedes algunos avances, sobre todo en los detalles de la tortura a la que fueron sometidos aquellos individuos que le sirvieron a la extinta PGR de descanso y pretexto ante su ineptitud. 

“…era un domingo 21 de septiembre de 2008, uno como cualquiera en la rutina de Julio Cesar Mondragón Mendoza, se encontraba en su domicilio de ciudad Lázaro Cárdenas, era el mediodía cuando decidió comenzar a lavar su automóvil, de pronto sintió un dolor estomacal y subió al departamento para buscar un medicamento; regreso y para eso de las 15 horas su vida cambiaría para siempre, una camioneta cerrada, color blanco, con vidrios polarizados se detuvo a su lado, de ella descendieron 5 sujetos con armas en la cintura y le preguntaron: ¿oye tú compa, conoces a Julio Cesar Mondragón Mendoza?, a lo que él contestó:-¿qué se les ofrece?, y en lugar de responderle se abalanzan sobre su persona, en la desesperación le grita a su esposa pidiéndole ayuda, pero esta no lo escucha, recibe un fuerte golpe con la cacha de una pistola entre la ceja y el ojo izquierdo y lo avientan a la caja de la camioneta, lo patearon en la cabeza y las costillas y le vendaron con cinta canela los ojos y boca, le ataron piernas y pies y también las manos; Julio comenzó a pensar que era una especie de pesadilla, pero a los pocos minutos se daría cuenta que era una terrible realidad; en el trayecto continuaron dándole patadas en la cabeza, cara, estómago, espalda, piernas y costillas, no hubo parte de su cuerpo que se escapara de la golpiza salvaje e irracional; transitaron 20 minutos aproximadamente cuando se detuvo el vehículo al grito de: “abre el portón”. Lo bajaron a puntapiés y le retiraron la cinta canela al tiempo que le advertían: “ahorita vas a saber por qué estás aquí”.

En seguida, 2 sujetos que se habían quedado a custodiarlo comenzaron a interrogarlo sobre su oficio y nombre completo, entre otras cosas, a lo que les informo que se dedicaba a la construcción de pequeñas obras civiles, que su nombre era Julio Cesar Mondragón Mendoza y que era originario de ciudad Lázaro Cárdenas, Michoacán; comenzó a llorar por el dolor que le ocasionaba la golpiza, pero de nada sirvió, le volvieron a dar de golpes hasta que se derrumbó; por radios se escuchaba que los hombres captores decían: “¡ya lo tenemos!”, pero él no sabía a lo que se referían, mucho menos qué era lo que querían; trato de reincorporarse, pero sus menguadas fuerzas no se lo permitieron, así que 2 sujetos lo tomaron de los brazos y lo sentaron para preguntarle: “¿Julio, conoces al grande, un tal Juan Carlos?”, a lo que les contesto que no conocía a ninguna persona con ese nombre y ese apodo, pero solo para ganarse otra golpiza, esta vez le dieron de latigazos en la espalda, al tiempo que le dijeron que por qué había “tirado una granada en Morelia el 15 de septiembre”, respondió que a qué se referían, que él no había hecho eso, que él era una persona de bien; con esa respuesta Julio enfureció a sus captores y el terror se hizo presente, comenzaron a propinarle azotes, 40 chicotazos ordenó el que parecía el jefe, en espalda y rostro, con mucha fuerza, Julio se revolcaba de dolor pero no aceptó que él había tirado las granadas de Morelia; en eso sonó el celular que le habían arrebatado, un sujeto miro la pantalla del aparato y le pregunto a Julio: “¿quién es Judith?”, Julio le responde: “es mi esposa”.  

Ya habían transcurrido 50 minutos aproximadamente desde que habían “levantado” a Julio, uno de sus captores dio la orden de no contestar el teléfono celular y apagarlo; recibían muchas llamadas y también se comunicaban por radios, en esas comunicaciones Julio escuchaba que decían: “¡este está bueno pal jale de Morelia!”. Así trascurrieron las horas, Julio sabía la hora porque la escuchaba por la radio que los criminales usaban a todo volumen para disimular gritos, conversaciones o quejidos; llego la noche y permaneció acostado en un cuarto con piso de tierra, maniatado y siempre recostado de lado, intentó dormir pero no lo logró, comenzó a escuchar los quejidos de otra persona a la que estaban torturando en la misma casa.

Cerca de la medianoche, ya no sentía sus piernas ni sus manos, la cinta canela impedía que circulara la sangre adecuadamente, sentía muy adormecido su cuerpo, grito para pedir que le aflojaran un poco la cinta en manos y pies, pero no fue así, le dieron otra golpiza para precisarle que “no estuviera chingando”. Finalmente amaneció, la radio seguía prendida y serían más o menos las 7 horas del 22 de septiembre cuando lo levantaron para decirle: “¡tenemos a una persona que se llama Juan Carlos, le dicen el Grande, y tú y él cometieron el atentado de Morelia el 15 de septiembre!”, Julio lo negó, volvió a insistirles que él no había cometido semejante barbaridad, que la noche del 15 de septiembre, a las horas en que ocurrió ese atentado, estuvo con su esposa y sus hijos y que nunca ha ido a la ciudad de Morelia, y les pidió que lo encararan con el tal Juan Carlos; pero lo único que se gano fue otra paliza, ya al punto del desmayo escucho que le decían: “¡al rato vas a aceptar todo hijo de tu chingada madre!”. 

Ya eran cerca de las 10 de la mañana cuando sonaron los radios portátiles de los captores, comenzaron a decirles que se salieran de esa casa de seguridad porque los soldados andaban cerca del domicilio, comenzaron a ponerse nerviosos y metieron a Julio a un baño, le apretaron más la cinta canela en manos, pies y sobre todo en la boca y salieron corriendo; a los 5 minutos Julio escucho circular vehículos con motores diésel, los típicos que utiliza el Ejercito para transportar a las tropas y personal operativo, una esperanza de rescate lo inundó de alegría, pero a los pocos minutos el ruido de los motores se alejaba, comprendió que solo pasaban por ahí, de rutina, como una de tantas veces con la finalidad de “hacer presencia”. 

Transcurrió casi la hora después que se habían alejado los vehículos que se supone eran militares, cuando regresaron sus captores, esta vez con otra persona, y desde el baño escucho cuando decían: “¡ponlo aquí!”, al tiempo que también le pedían su número de NIP para el cajero automático, y escucho que lo empezaron a golpear; pasados 20 minutos, uno de los hombres ordenó “abran el portón de la casa y metan la camioneta de reversa”; se oyó que abrieron la puerta del baño donde se encontraba Julio y sacaron a las otras 2 personas que se encontraban con él y se las llevaron; inmediatamente después le tocó su turno, a patadas lo sacaron del baño y lo subieron en la cajuela de un carro, se escuchó que abrieron de nuevo el portón; Julio le pedía a dios por su familia, se sentía bastante débil por falta de alimentos y agua; una vez que cargaron gasolina, tomaron la autopista Lázaro Cárdenas-Uruapan-Pátzcuaro, se dio cuenta porque el vehículo se detuvo a las operaciones propias del pago de una caseta de peaje, por el tiempo transcurrido era la caseta “El Naranjito”, y a la media hora de recorrido, aproximadamente, oyó que los sujetos decían: “¡bájale de velocidad, ahí van las patrullas de los federales!” y otro sujeto dijo: “¡sí nos esperan y quieren revisar, disparan, pero hasta que yo dé la orden!”.

Ya llevaban aproximadamente 1 hora 40 minutos recorridos, de pronto alcanzó a escuchar que sus captores por radios decían que ya iban a llegar a Las Cañas y que ahí los esperarán para agarrar rumbo a Arteaga; salieron de la autopista y tomaron camino de terracería, supo eso por los brincos que daba el vehículo, propios de un camino sin asfalto; circularon aproximadamente 20 minutos por ese camino rural, al tiempo que los captores comentaban que ya estaban llegando al “terreno”, -en esos lugares las personas acostumbran decir terreno para referirse a un domicilio en particular o a la casa de un vecino o persona determinada-, ¡y ahí cambiamos los vehículos!, decían por la frecuencia de radio; cuando llegaron ya los estaba esperando una persona cuya característica era una marcada voz grave, a quién escucho que le dijeron: “¡ya llegamos profe!”, a lo que este respondió: “¿dónde lo traes, si se parece? ¡Abre la cajuela para mirarlo!”; inmediatamente abrieron la cajuela y tirando de los cabellos lo colocaron de pie, el hombre de voz gruesa, con una sonrisa burlona espetó: “¿y a éste le damos bote, bote, bote o tambo, tambo, tambo? ¡jajajajaja!…”.

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