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El final de la serie de The Good Place. Una reflexión sobre la eternidad.

¿El ser humano, pues, es como un vaso que se llena y se fastidia? Cuando hablamos de cuestiones materiales, la respuesta es afirmativa. El ser humano se cansa de lo material, se queda intranquilo insatisfecho y siempre busca algo más.

Morelia, Michoacán, 19 de febrero de 2020.- El arte siempre ha sido un camino por el cual el ser humano ha conceptualizado su entorno y en muchas ocasiones ha precedido a la conceptualización científica del mismo. Por eso, no es una pérdida de tiempo reflexionar sobre series de televisión.

Antes de que continuar debo dar una alerta de spoilers sobre el aparente final definitivo de la serie The Good Place (El Lugar Bueno, NBC, 2016), que ocurrió hace unos días.

En esta comedia, que tiene 4 temporadas, los protagonistas se encuentran muertos y permanecen en una zona gris entre un par de lugares parecidos al Infierno (El Lugar Malo) y al Paraíso (El Lugar Bueno) y su objetivo es entrar y permanecer en ese El Lugar Bueno. 

Con un humor bastante sencillo y un correcto desarrollo del contenido, los creadores decidieron ponerle fin a la serie porque, según ellos mismos, ya no podían estirarla más. Seguramente, muchos de los que seguimos esta comedia pensamos que el final más lógico sería la entrada triunfal y definitiva de los protagonistas a ese Lugar Bueno, donde podrían disfrutar eternamente de todas las cosas (materiales) que fueran capaces de imaginar.

Los guionistas, no obstante, fueron más allá. Simplemente consideraron que era imposible que un ser humano pudiera soportar el infinito, por más bueno que éste fuera. El primer problema que plantearon fue que El Lugar Bueno idiotizaba a sus moradores, pues no los retaba y por tanto sus capacidades se estropeaban. La solución que dieron los protagonistas a este problema fue la creación de la muerte definitiva voluntaria, o sea la desaparición del ser. Esta solución desemperezó a los moradores del Lugar Bueno, pues la nueva mortalidad les ofrecía un nuevo aliciente de disfrutar lo finito. 

Esto funcionó por un tiempo, pues al final los lugarebueños terminaron aburridos y deprimidos. Sí, lo eternamente disfrutable (materialistamente hablando) no satisfizo a nadie y poco a poco van escogiendo la desaparición irreversible. Irónicamente, mientras los humanos permanecían en El Lugar Malo o en la zona gris, nadie pensaba en la muerte definitiva, sino en mejorar su propia existencia, pero una vez conseguido lo mejor se hartan. 

Qué decepcionante, cuando no deprimente, es esta visión de la eternidad. Una de las grandes incertidumbres que angustió a los hombres durante milenios fue la certeza de nuestra muerte, pero el anhelo a la trascendencia, a lo infinito. Y la respuesta que se ofrece en esta particular visión es la tragedia de no poder disfrutar lo que se supone es perfecto. El ser humano se cansa, al parecer, de lo material, como indican los altos índices de suicidio en algunos países catalogados como avanzados. 

¿El ser humano, pues, es como un vaso que se llena y se fastidia? Cuando hablamos de cuestiones materiales, la respuesta es afirmativa. El ser humano se cansa de lo material, se queda intranquilo insatisfecho y siempre busca algo más. De hecho, uno de los lugarebueños evita su propia desaparición imponiéndose una nueva tarea que presumiblemente le llevará casi la eternidad. Otro habitante más atrasa su muerte cambiando su habitual escenario por un nuevo bosque. El ser humano tiene esa hambre, esa insatisfacción, y busca llenarla o se suicida. En esto último, The Good Place tiene razón.

Tal vez, como vivimos en el siglo XXI, no alcanzamos a percatarnos de lo importante de este dilema. Esto se debe en parte a que, creyentes o no, gracias al cristianismo tenemos impregnada en nuestra cultura la posible existencia de un Más Allá que nos dé esa satisfacción permanente. La visión cristiana nos dice que el ser humano está espiritualmente capacitado para sentirse satisfecho, en paz, alegre, etc., por siempre. Y, curiosamente, el origen de esa satisfacción eterna no tiene origen material, sino inmaterial.  

Sin embargo, y esto es lo interesante de comentar esta serie de televisión como un reflejo de nuestra sociedad, en occidente poco a poco se comienza a cambiar esta visión, la respuesta cristiana, al milenario dilema de la muerte y nuestras ansias de trascender. El suicidio ya no sólo es una enfermedad, también es un camino, una elección ante la adversidad de la vida y el presumible hastío (o la nada) de lo perpetuo. 

Si como civilización nos olvidamos de la respuesta cristiana a la eternidad corremos el riesgo de olvidar también que la vida humana, nuestra propia existencia, tiene un valor que supera lo material y el disfrute momentáneo. Por eso, es recomendable tomarnos un momento y reflexionar sobre la eternidad.  

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