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El huevo de la serpiente (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

Cuando las democracias se debilitan, cuando las instituciones que la sostienen son atacadas y vulneradas ante la indolente mirada de una sociedad que se siente ajena al proceso hay un solo resultado: El triunfo de quienes buscan el poder absoluto, el triunfo de los dictadores

Morelia, Michoacán, 09 de febrero de 2021.- “El huevo de la serpiente” es una expresión relativamente nueva, nace a finales de los años 70 y se populariza definitivamente en los años 80; desde su inicio se utiliza para referirse concretamente a una amenaza, una especie de alerta sobre un grave peligro que se cierne sobre una sociedad; pero lo más interesante es que ese peligro puede ser visto desde su mismo inicio. No está oculto, está ahí, solo es cuestión de buscarlo. 

Todo viene de una película con ese mismo nombre, «El huevo de la serpiente», filme  dirigido por Ingmar Bergman en 1977 y ambientada en el Berlín de los años veinte. La película es una metáfora sobre el proceso que llevó a la destrucción de la democracia alemana y su progresiva sustitución por un régimen totalitario, el nacionalsocialismo.

Para efectos demostrativos utiliza la comparación de un huevo de serpiente; dicho reptil cuando está en su etapa de gestación, puede ser visto a través de la cáscara transparente del huevo; y lo que se ve es un pequeño animal, en apariencia inofensivo y francamente insignificante. Es por eso que a nadie se preocupa ni mucho menos se le ocurre impedir su nacimiento. Total, no representa ninguna amenaza. Pero cuando el animal sale del huevo y comienza a hacer lo suyo su avance ya no se detiene, y cuando finalmente alguien quiere hacer algo ya es demasiado tarde. 

Ciertamente el pueblo alemán es el que más duramente vivió esa experiencia, pero no fue el único, le ha pasado a la Italia de Mussolini, la Argentina de Perón, la Venezuela de Chávez y Maduro y a la Cuba de Castro.

Un rasgo común en estos procesos que condujeron a la instauración de los regímenes totalitarios es, precisamente, que durante sus fases iniciales, los peligros fueron vistos con desdén o no los vieron, o lo que es más frecuente, no los quisieron ver. Quienes podían hacer algo los subestimaron o actuaron con tanto temor que terminaron empedrando con sus buenas intenciones el camino al infierno.

El costo que pagaron por su ceguera, o incompetencia, fue terrible. Un buen ejemplo de esto es el desempeño de Neville Chamberlain y Edouard Daladier en la gestación de la Segunda Guerra Mundial, perdieron, por una ceguera voluntaria, la última oportunidad de detener el crecimiento del nazismo.

Es una realidad que cuando las democracias se debilitan, cuando las instituciones que la sostienen son atacadas y vulneradas ante la indolente mirada de una sociedad que se siente ajena al proceso hay un solo resultado: El triunfo de quienes buscan el poder absoluto, el triunfo de los dictadores.

En México tenemos, es innegable, a un Presidente (AMLO) que exhibe, ya sin pudor, preocupantes signos de aspirar a una especie de dictadura; su propósito, evidente desde el inicio de su campaña y confirmado ya en su mandato, de imponer su propia agenda sobre los otros poderes es inocultable; ya tiene el control del Legislativo en la Cámara de Diputados y poco tiene que esforzarse para lograr la mayoría en la Cámara de Senadores; el Judicial parece adivinar sus deseos y le ha resultado sencillo imponer sus piezas en diversas estructuras; no en todas, algunas se le resisten, como Instituto Nacional Electoral (INE), pero otras han cedido de una manera lamentable. Solo es necesario escucharlo en cualquiera de sus arengas, invariablemente  está  intimidando, forzando y asustado a quienes tienen que tomar decisiones.

Desde el inicio mostró su talante autoritario e intolerante, los periodistas incómodos perdieron rápidamente sus espacios, los ha descalificado de manera burda y ha intentado silenciarlos de una u otra manera, la cúpula empresarial se ha mostrado temerosa  y en ocasiones paralizada, inmóvil como un ratón frente a una serpiente. La sociedad, ya de por sí dividida después de largos años de una virulenta campaña ha terminado de polarizarse a grados nunca vistos en la Historia del México moderno. El señor no busca acuerdos, busca sumisión. 

¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Dónde podemos ubicar al inicio del huevo de la serpiente?  Biográficamente pueden manejarse varias fechas, buscando en qué momento López Obrador se radicalizó, sobran datos; pero quizá el momento más relevante, el instante en que aparece fue en abril del año 2000, cuando, contra toda lógica y presumiblemente por indicaciones de quien podía ordenarlo, fue autorizada su candidatura al Gobierno del entonces Distrito Federal.

A partir de ahí, y con el apoyo de varios medios y estructuras políticas  que para fines prácticos funcionaron como “compañeros de viaje”, la gestación del huevo de la serpiente, la “cuarta transformación”, ya fue imparable.

Alejandro Vázquez Cárdenas

El daño es irreparable (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

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