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Las familias grandes como sinónimo de fortaleza (Por: Alejandra Ortega)

Muchas manos para trabajar, manos que producen y que siempre fueron muy necesarias, indispensables, para hacer productivo el campo y las zonas rurales, que finalmente son la fortaleza de cualquier economía y de cualquier nación

Morelia, Michoacán, 10 de noviembre de 2022.- En algunos países las familias grandes son sinónimo de fortaleza y solidez, no sólo de su núcleo, sino de toda una sociedad o comunidad.

Tal es el caso de Samoa, ubicado en la Polinesia, en donde la solidaridad de los miembros de cada familia es fundamental.

Ahí, es común ver familias integradas por más de 10 miembros que se ayudan mutuamente y al final, se convierten en manos para trabajar, manos productivas, que representan mayores ingresos económicos y esto les permite escalar posiciones sociales.

En muchas comunidades y poblaciones de México y otros países de Latinoamérica pasa lo mismo, la fortaleza y economía de las familias está directamente relacionada con el número de hijos que se tiene. 

Esto se trata de una cultura añeja que ha perdurado a través de los años y que es incomprensible hoy para muchos citadinos y personas que han tenido acceso a la educación, pues todo lo moderno va en contraposición de estas ideas que se ven como absurdas y fuera de todo lugar.

Y no se comprende que, si muchas poblaciones han sobrevivido hasta nuestros días, es precisamente por esa fecundidad en los núcleos familiares.

Así, aunque los hijos se casen y formen sus propias familias, jamás descuidan a sus padres y hermanos menores; aportando el sustento a su familia pero también sin descuidar la de donde salieron, haciendo más sólidos los lazos entre padres e hijos.

Al final, esto produce descendientes responsables y muy trabajadores, pues deben esforzarse más que las actuales generaciones de jóvenes de las ciudades, comúnmente hijos únicos que no sienten ni la responsabilidad, ni la obligación con sus padres, sino sólo de sí mismos. 

Esto produce una generación de personas individualistas, egoístas y que difícilmente son solidarias o subsidiarias.

En cambio, las familias grandes suponen muchas manos para trabajar, manos que producen y que siempre fueron muy necesarias, indispensables, para hacer productivo el campo y las zonas rurales, que finalmente son la fortaleza de cualquier economía y de cualquier nación. Quizás por ello es que se ha descuidado tanto el trabajo del agro, que ha dado paso a un sometimiento a naciones extranjeras, a las que se nos ha obligado comprar a precios muy elevados, lo que aquí antes se producía.

Esas ideas “modernas”, sólo han llevado a las personas de zonas rurales a querer trasladarse a las ciudades, dejando abandonado el campo y creando extensísimas zonas desoladas para concentrarse toda la población en las urbes, creyendo que hay mejores oportunidades ahí, pero en donde muchos sólo encuentran pauperización.

Esta es la gran diferencia entre las familias llamadas tradicionales, las que siempre fueron y las actuales que no tienen esos vínculos ni esa cultura de apoyo. 

Esa fragilidad provoca los rompimientos, que terminan en familias fallidas, hijos de parejas separadas, a menudo afectados a nivel psicológico y que reproducen patrones de conducta dañinos con sus propias parejas.

Quizás es por ello que se ataca desde las instituciones y gobiernos a las familias tradicionales, porque por sí mismas son un soporte, un bloque fuerte y sólido que difícilmente se rompe y difícilmente acepta ideologías extrañas o que considera nocivas para sus miembros. Ideologías muy de moda hoy y que han provocado el desgarre del tejido social a gran escala. 

¿No sería una solución a tantas embestidas de los grupos de poder, volver a tener aquellos tipos de familias?

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