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Minority report, Orwell y Cuba (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

Se puede entender que países como Venezuela, Nicaragua y la Bolivia de Evo se refieran a Cuba como un modelo, por las características de los mismos. Otros, más hipócritas, admiten discretamente sus abusos pero prefieren mirar hacia otro lado.

Morelia, Michoacán, 10 de noviembre de 2020.- Minority report es una película del género ciencia-ficción, filmada en el año de 2002 y dirigida por Steven Spielberg; la trama gira sobre los problemas y eventos que pueden suceder si la policía pudiera saber y actuar antes de que los crímenes sean realizados.

El tema en sí no es una novedad; lo maneja magistralmente George Orwell en su libro de lectura obligada «1984», donde describe a una sociedad totalitaria, asfixiante, controlada permanentemente por medio de la Policía del Pensamiento y las omnipresentes telepantallas, instrumentos imposibles de apagar y que lo mismo envían imágenes que funcionan como cámaras para vigilar a la ciudadanía, no solo en sus trabajos sino en la calle y también en su propio hogar. Un delito, el «crimental», es el pan de cada día y el terror de todos los habitantes de «Oceanía», una de las tres regiones en que se ha dividido ese mundo apocalíptico.

El tema también está presente, aunque algo más marginal, en el relato de Isaac Asimov «Multivac. Todos los males del mundo», donde una supercomputadora, Multivac precisamente, controla absolutamente todo el funcionamiento de la sociedad mundial, ejerciendo, entre muchas otras cosas, un riguroso control policíaco y es capaz de ordenar el encarcelamiento preventivo de futuros delincuentes (según la computadora).

¿Fantasía pura? Veamos; sin la sofisticación de Asimov ni la tecnología de «Minority report» tenemos en  Cuba el más acabado ejemplo de la más demencial puesta en práctica de una «justicia», que permite, locura de locuras,  detener a un ciudadano por delitos que no ha cometido. De este calibre es la dictadura implantada por los hermanos Castro.

A raíz de la muerte por huelga de hambre de Orlando Zapata hace ya varios años, y de otros casos con acusaciones inverosímiles, en México y buena parte del mundo se prendieron los focos de alarma ante el actuar de la «justicia» cubana.  Resulta que en el código penal cubano, en su capítulo I, artículo 76, textualmente dice: «Se considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista». En lenguaje sencillo, este artículo faculta al Estado a encarcelar a una persona bajo el elástico argumento de que desarrolle actividades «contrarias a la moral socialista».

En la redacción de este artículo resaltan dos términos claves para comprender el verdadero objetivo de su aplicación: «proclividad» y «moral socialista». Según los diccionarios  proclividad es «Calidad de proclive», y  proclive es.«Propenso o inclinado a una cosa, especialmente si es mala». Por tanto, proclividad es sinónimo de propensión, tendencia, inclinación, atracción, etc. Obviamente no puede entenderse como sinónimo de realización o práctica. Por lo tanto las sanciones establecidas van dirigidas a reprimir conductas que supuestamente pueden (o no) desembocar en la comisión de un delito, y no hechos concretos.

En cuanto a la «moral socialista» su campo es tan amplio como lo desee el Estado. En la Cuba de hoy, las normas morales que imponen como patrón al llamado «hombre nuevo»; personaje cumplidor de cualquier tarea que dicten los CDR (Comités de Defensa de la Revolución),  desde agitar banderitas cubanas mientras piensa en las necesidades de su familia; estar presto a delatar al vecino que se queja, o bien gritarle a los escasos defensores de los derechos humanos: «Ahí va el gusano ése». No seguir este patrón de conducta puede convertir a un ciudadano, por la mera voluntad del sistema, en un ser «antisocial»  en cuyo caso  ahí está el Código Penal para encarcelarlo.

Human Rights Watch en su momento afirmó: El presidente de Cuba, Raúl Castro, es «tan brutal como su hermano» y predecesor, Fidel Castro, a la hora de «mantener un sistema represivo que viola los derechos humanos», y que se aplica a «todos los ciudadanos que se atreven a emitir una opinión contraria» al régimen.

Pero los gobiernos latinoamericanos no se han mostrado muy dispuestos a criticar a Cuba, e incluso en algunos casos han apoyado al gobierno de Castro, pese a sus negros antecedentes en materia de derechos humanos. Se puede entender que países como Venezuela, Nicaragua y la Bolivia de Evo se refieran a Cuba como un modelo, por las características de los mismos. Otros, más hipócritas, admiten discretamente sus abusos pero prefieren mirar hacia otro lado. La vida o muerte de estos prisioneros cubanos no es algo que les quite el sueño a nuestros dirigentes.

Conclusión: Sostengo que con los datos que se tienen sobre la dictadura castrista, quien aún se atreva a defenderla es, o un ignorante, o un perverso.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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