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Septiembre y las fiestas patrias (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

México no saldrá de su atraso gritando "vivas", ni lanzando loas a los "Héroes que nos dieron patria" ni saldremos de esta tragedia si solo nos concretamos a lamentarnos por los pésimos resultados que a diario vemos

Morelia, Michoacán, 15 de septiembre de 2020.- Puntual ha llegado septiembre con sus “fiestas patrias”; fiestas que son el ingrediente básico de la llamada “Historia de bronce”, esa colección de cuentos oficiales destinados a exaltar virtudes y hazañas de los héroes y de paso quitarles  todo vestigio de errores humanos y ambiciones mezquinas, hasta convertirlos poco menos que en semidioses y estatuas de bronce.

Algo innegable, las historias oficiales del mundo tienen propósitos políticos en mayor o menor grado,  y para ello  distorsionan la historia; algunos países, como la extinta Unión Soviética lo hicieron a tal extremo que la dejaron irreconocible, ellos de plano reinventaron la Historia Mundial. En el caso de México, la historia oficial fue convertida en una  especie de cuento infantil, con héroes y villanos, mártires sin mancha alguna como Hidalgo y Morelos; héroes triunfadores como Juárez, los infaltables y muy necesarios “villanos ” como Cortés, Iturbide, Santa Anna o Porfirio Díaz, que en la visión oficial son absolutamente  indefendibles e irredentos. Vamos, hasta la fecha de la independencia de México, el 27 de septiembre, ya fue borrada del calendario. Y estamos hablando de épocas previas a la pulverizante 4T, pues ahora el catálogo de villanos se ha incrementado notoriamente, y crece cada misa mañanera.

Estas fiestas en las que se celebra la independencia nos deberían servir para  recordar y reflexionar sobre el pasado y el presente de México, reconocer  que a pesar de lo generosa que ha sido la geografía con nuestro país, sus grandes recursos, enormes litorales, extensas fronteras, su benévolo clima y una larga serie de ventajas nosotros, sus habitantes, no hemos estado a la altura de las circunstancias,  y admitir que algo, o mucho, no hemos hecho bien.

Veamos: la Educación es un desastre y en el México moderno ha fracasado cuanto intento se ha hecho para mejorarla, la productividad laboral es  baja comparándola con estándares mundiales, la dependencia en materia de alimentación es  preocupante, y no se diga la dependencia tecnológica pues en este renglón la diferencia con nuestros vecinos del norte y los países de Europa occidental es astronómica.  La desigualdad en el reparto de la riqueza es insultante.

Ahora bien, ¿De quién es la culpa? Van primero algunos antecedentes para no caer en el fácil expediente de señalar culpables ajenos cuando aquí tenemos excelentes candidatos. Recordemos que aquí, en la entonces Nueva España, en 1551 se fundó la Universidad Real y Pontificia de México (la actual UNAM) por decreto de Felipe II de España. En comparación, la primera universidad de los Estados Unidos, la de Harvard, se fundó apenas en 1636, ni más ni menos que 85 años más tarde, y la de Yale en 1701 ¡150 años después! ¿Qué pasó con nosotros? Buena pregunta.

Resulta también que la primera imprenta de América se estableció en México, en 1539, y en los Estados Unidos apenas en 1628, ¡89 años después que nosotros! En cuanto a la solidez del peso mexicano, ni hablar: en la época de la Colonia era de lo más confiable a nivel mundial.  A la fecha de nuestra Independencia, en 1821, México ocupaba un territorio que iba desde California hasta Texas, pasando por Utah, Nevada, Arizona y Nuevo México.

¿Qué pasó? ¿Por qué terminamos con apenas la mitad del territorio original y a la cola del desarrollo educativo, industrial y tecnológico? Las respuestas hay que buscarlas en muchos lados, desde un nocivo centralismo, una religión que promociona la conformidad,  la corrupción, el influyentismo y la tolerancia con los ineficientes. Y ya en el siglo XX, la implantación, por la fuerza, de la dictadura priísta que corrompió generaciones completas de mexicanos, ayudados, entre otras cosas, por una prensa y una televisión serviles hasta la abyección; dictadura que con otro nombre ya ha regresado, y recargada.

En esto del orgullo patrio no hemos mejorado mucho, pues repetidas encuestas muestran que el mexicano no está particularmente orgulloso de su país, salvo en sus expresiones meramente folklóricas.

México no saldrá de su atraso gritando «vivas», ni lanzando loas a los «Héroes que nos dieron patria» ni saldremos de esta tragedia si solo nos concretamos a lamentarnos por los pésimos resultados que a diario vemos. 

El cambio no se hace solo, ni lo puede hacer un grupo fragmentado de opositores. Se necesita concientización y unión. Sin unión terminaremos fatalmente como Venezuela, con muchos líderes, pero incapaces de unirse.

Y el tiempo corre.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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