Editoriales

¿Capaces o confiables?: 99% honestos

Esquemas como el servicio profesional de carrera son incómodos para los nuevos gobiernos. Pues, aunque los puestos de más alto nivel están exentos de concurso, lo cierto es que los espacios para colocar a los leales escasean, mucho más en esta época de austeridad.

Morelia, Michoacán, 21 de agosto de 2019.- La semana pasada el presidente López Obrador volvió a sostener una de sus creencias más arraigadas en la conferencia mañanera: ante la disyuntiva entre capacidad y confiabilidad, hay que escoger la segunda. Nuevamente se lanzó contra aquellos “graduados en el extranjero, (que) saben mucho pero no son honestos”.

La elección entre capacidad versus confianza no es nueva en el servicio público y, a lo largo del tiempo, ha justificado la falta de profesionalización de un cuerpo de expertos en las áreas administrativas y políticas de todas las instituciones del Estado mexicano. Se entiende como una facultad de los nuevos jefes la oportunidad de que éstos escogieran su equipo y, por lo tanto, se rodearan de los suyos; claramente una postura patrimonialista del servicio público.

Una y otra vez los gobiernos y legislaturas, de todos los niveles y colores, han procedido a llenar sus cuerpos profesionales y administrativos de personal cuyo principal mérito es haber sido leales en campaña, ideológicamente conectados, y contar con relaciones personales de confianza con el resto del recién llegado cuerpo político.

Por eso, esquemas como el servicio profesional de carrera son incómodos para los nuevos gobiernos. Pues, aunque los puestos de más alto nivel están exentos de concurso, lo cierto es que los espacios para colocar a los leales escasean, mucho más en esta época de austeridad. 

Si bien es cierto que la profesionalización del servicio público es un sistema no libre de errores ni, por lo tanto, de margen de mejora, tiene una importante virtud: establece parámetros más o menos objetivos para medir la cualificación de las personas para formar el servicio público. Y es que, en el otro lado, la honestidad y la confianza son cualidades que quedan al criterio del empleador/calificador.

La cuarta transformación lo ha dejado muy claro, no han dudado en señalar como deshonestos a aquellos que no compaginan con el partido; tampoco ha titubeado en otorgar certificados de purificación a ex militantes de otros partidos involucrados en fuertes escándalos de corrupción.

La existencia de subjetividad en el proceso de selección del personal que trabaja en el servicio público cobra importancia cuando se ha traído al centro del debate la idea de una pigmentocracia o, mejor dicho, los esquemas informales que reproducen la desigualdad: el tráfico de influencias, la pervivencia de una casta poderosa que se reproduce endogámicamente y que, por lo tanto, está lejos de las necesidades populares.

Pero, esos arraigados vicios sólo se pueden combatir con más instituciones y no con menos; no hace falta un líder honesto que irradie de bondad al resto de servicio público, basta con mecanismos sólidos que aseguren que los más aptos ocupen las posiciones: la meritocracia. Quienes creemos en esta lógica, entendemos que ciertas posiciones especializadas deberían estar sometidos a fuertes procesos de evaluación especializada que garanticen que sean ocupados por las personas mejor calificadas, en razón de su experiencia y preparación técnica-académica.

Lamentablemente, el trato patrimonialista del poder público y la pequeñez de muchos de los funcionarios, temerosos de trabajar con personal más cualificado que ellos, hace imposible procesos de selección limpios y confiables en la mayoría de los casos. Si a eso le sumamos la disminución de las remuneraciones, que aleja al personal calificado, los ingredientes para la tormenta se siguen sumando.

Hace un tiempo, hablando sobre el capitalismo de cuates, el analista Hernán Gómez señaló que “con cambiar a los cuates beneficiados por ese sistema” la 4T ya habría sido exitosa. Parece que, al menos en el servicio público, la convicción es esa: un gobierno de honestos que, en realidad, significa un gobierno integrado por adictos. En la medida en que la honestidad se mide en la escala de López Obrador.

Ojalá que la relación de Honestidad – Capacidad se equilibre de modo paritario y que el desarrollo profesional de este gobierno salga bien. El país lo necesita, ¿podrán con los retos los autodenominados honestos? Veremos.

Al tiempo.

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