Deformación de la realidad (Por: Mateo Calvillo Paz)

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

Estamos hundidos hasta el fondo, la corrupción afecta a las personas y a la sociedad. Está en las estructuras y dinamismos. Sólo queda la fe.

Morelia, Michoacán, 09 de abril de 2018.- Juan, persona sencilla, con sentido común percibe la realidad, se da cuenta de la situación catastrófica que vive el Estado. No lo marean los vientos de informaciones y discursos pretenden presentar visiones falsas de la situación y de la gestión de la cosa pública que hacen los gobiernos.

El hombre normal, homo sapiens, ser racional percibe la realidad como es y orienta la vida y la historia para lograr sus metas y realizar su destino definitivo. Es un ser sano y sabio.

Juan está sorprendido de que mucha gente se vuelve loca, pierde el sentido común y no ve las cosas como son.

En las campañas políticas nota que candidatos y equipos de campaña deforman la realidad, la hacen pedazos y presentan sólo los aspectos que les conviene. Presentan su visión del mundo que no coincide con la verdad de la realidad objetiva, que se impone a todos.

Ven la realidad en función de los intereses particulares del partido, el candidato y los militantes.

Pretenden imponer el bien de su partido, como el bien de todo México. El bien de su casta privilegiada no coincide con el bien de las multitudes pobres, son dos líneas que no se encuentran.

Ven a los de su partido como una raza de superhombres, que sólo tienen logros, que no son seres humanos sino demiurgos que tienen sólo realizaciones nunca antes alcanzadas en la historia. Los hombres de su partido son perfectos.

Por el contrario, los individuos de los otros partidos, tendencias o ideologías son seres salidos del infierno, sólo tienen crímenes y fracasos.

Es una percepción demencial, expresión perfecta de maniqueísmo.

¿Estén mintiendo? Sí, no hablan de la realidad que el sentido común percibe, están en otro mundo, su mundo.

Hacen demagogia, enarbolan valores para engañar al pueblo, manipulan las palabras, prometen bienes sólo de la boca para afuera, no piensan cumplir. Hacen construcciones de palabras en sus discursos huecos.

Una forma de falsedad disfrazada de verdad es el populismo. Los populistas prometen los bienes que alagan al pueblo, no los bienes verdaderos y urgentes, prometen hacer bienes sin decir el cómo.

¿Creen ellos lo que predican? Ya nadie sabe, a veces parece que caen en su propio juego y en la enajenación y pierden el sano sentido común, mareados en el vértigo de la acción y la lucha por el poder y la riqueza.

Si no construimos sobre la percepción sana y verdadera de la realidad vamos al caos social, a la catástrofe final, apocalíptica, como en Hamlet de Shakespeare.

Nadie habla de la verdad, o si acaso el falso mesías habla de su propia verdad, lo que es una soberana falsedad. La verdad no es propiedad de ningún iluminado, es un valor universal, inmutable, guía de la conducta del individuo y de los procesos históricos.

Una roca inconmovible en que descansan  las virtudes, los valores, la realidad es Dios. Es una fortaleza para resguardar una convivencia sabia y digna. “Quien se confía a Dios comprende la verdad”, leemos en el libro de la Sabiduría. El Maestro promete a sus discípulos: “ustedes conocerán la verdad” (Evangelio de Juan).

Es deseable que “todos lleguen al conocimiento de la verdad)”. Después de haberla acogido y conducido, el pueblo será sabio, como soberano, la nación por caminos de dignidad, bienestar, riqueza y paz.

El compromiso de los ciudadanos es desterrar a los mentirosos, exigirles que se guíen con la verdad o negarles el voto.

Si un pueblo elige gobernantes mentirosos es porque está infectado de mentira.

Tenemos una tarea gigantesca y urgente: convertirnos. Hay que dar la espalda a la mentira, falacia, sofisma. Hay que convertirse a la verdad, sólida y clara como la estrella de la tarde.

Hay que hacer la verdad en lo que decimos, en lo que pensamos, en nuestras acciones.

Los hombres sinceros, honestos, íntegros saben distinguir a los candidatos mentirosos, falsos profetas y mandarlos a la papelera de reciclaje, al bote de la basura.