Diálogo: Cristo camina sobre las aguas electorales

Pin on PinterestShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn
El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

En el mar agitado de las campañas electorales, necesitamos una presencia más grande que nos permita no hundirnos en el vendaval y perdernos.

Morelia, Michoacán, 20 de abril de 2018.- México, un país de gente muy valiosa no puede fracasar en su marcha de siglos. País de inmensas riquezas naturales merece un futuro de progreso y de vida humana feliz.

En la puja por cambiar al presidente, se escucha con frecuencia la afirmación: “no hay ni a cual ir”. No podemos extraviarnos y perder la mano firme que conduce el autobús al progreso en la paz y la justicia.

Es cierto que hay que sacar todos los recursos de la persona integral, de su rico sustrato cultural.

Es necesario sacar la fe como una virtud que sostiene el esfuerzo, que te da una plataforma inconmovible y señalamientos para avanzar a la civilización del progreso verdadero, sustentable para los pobres y para todos.

México necesita un salvador y éste va en la marcha y en la búsqueda de sus discípulos que guardan el tesoro precioso de la fe.

Tiene un poder de otro orden, por encima de las pequeñeces del hombre.

El Mesías único tiene una calidad personal por encima de todas las personas que mienten y delinquen y se dejan llevar por sus bajas pasiones.

Cristo ha resucitado, su cuerpo glorioso no tiene la ley pesada de la materia, no está sujeto al tiempo y el espacio. Invisible, espiritual está al lado de sus discípulos que lo necesitan y que no lo saben reconocer muchas veces.

Siempre firmando que Cristo resucitado va con nosotros, como con los discípulos de Emaús y tiene muchos milagros. Sus manifestaciones son maravillosas, del orden celestial. Aquí y allá se escucha el testimonio, no raro, de sus apariciones.

El domingo pasado, en La Inmaculada, una señora, discípula de Jesús, dio el testimonio de un milagro.

Un sobrino de ella, Simón Pedro, de 16 años, está enfermo con un tumor en la cabeza. El sufrimiento es grave, está en el horizonte un desenlace fatal. Le han puesto una válvula en la cabeza para drenar el líquido. Es necesaria una operación muy peligrosa en la ciudad de León. El chico y la familia hacen venir al padre Gerardo del Santuario de Guadalupe para que lo unja con el óleo sagrado.

Cristo se manifiesta con una presencia de fe y realiza una curación milagrosa: cuando el padre lo unge el tumor desaparece.

La atención médica a Simón Pedro sigue adelante y lo llevan a León. Los médicos no entienden lo que ha pasado, buscan el tumor cerebral y éste ha desaparecido. A Simón Pedro le retiran la válvula de su cabeza. Cristo realiza la curación.

Las antiguas civilizaciones de América tenían un sentido vital de lo divino. Había una continuidad entre lo real y lo sagrado, su vida tenía una dimensión divina.

Los creyentes de Cristo, sencillos, tienen una fe muy viva, no están cerrados a las manifestaciones de lo sagrado. Saben reconocer la presencia de Dios en sus vidas y su paso en la historia. Superan una visión sólo científica, inmanente, materialista de la realidad.

La fe no debe estar separada de la vida, muy alta, en el treceavo cielo de los toltecas. La fe actúa en la carne misma de las experiencias humanas y le infunde una lógica, un impulso más alto y poderoso. La fe inyecta en la vida altura, pureza, nobleza, luz, dinamismo, todo nuevo.

La fe es una fuente donde el hombre se lava de su maldad, su mentira. Ahí se cura de sus infecciones de perversión: asesinatos, robos, abusos del pueblo humilde y débil. Es el lugar de la reforma del hombre del ser puro sin corrupción ni soberbia. Ahí nace el hombre nuevo capaz de hacer realidad todas las reformas políticas y económicas.

Si la inmensa mayoría de los católicos, seguidores de Cristo viven la fe, se puede construir el futuro de progreso y orden que pedimos a gritos. Elegiremos un presidente humilde, honesto, sincero, despojado de sus ambiciones personales perversas, egoístas, mezquinas, irracionales.

Las multitudes, al 100%, acudirán a las urnas. Serán multitudes que no caen en engaños, que no le hacen el juego a la corrupción, no se dejan envolver por discursos fantasiosos, falaces. No se dejarán comprar, por promesas falsas ni regalitos, cuentistas de vidrio.

Los amigos del único Mesías, podemos alcanzar el triunfo imposible, soñado sobre la corrupción y la injusticia de la clase dominante. Podemos avanzar hacia la patria sin violencia ni caos, de justicia y bienestar de los pobres. El triunfo soñado.