Diálogo: Sabiduría en el terrible sismo

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

No podemos caer en el lado alarmante y espectacular de las catástrofes. El sabio trata de entender la condición del hombre mortal, de paso a la vida verdadera.

Morelia, Michoacán, 22 de septiembre de 2017.- El hombre, ser espiritual, dotado de inteligencia y libre albedrío, se enfrenta a los acontecimientos y los entiende. Así le da un sentido, asume el sufrimiento, para orientar su vida y la historia.

El creyente, en su cosmovisión, tiene una pieza clave, que sostiene el universo y lo lleve a su realización final, Dios. Los acontecimientos son señales de Dios, signos de los tiempos. Es de vital importancia entender qué nos quiere decir el Creador.

En otro orden de cosas vemos que en los hechos trágicos aparece el lado noble y heroico del hombre. Es el caso de las enfermeras que se expusieron a la muerte y permanecieron al lado de los enfermos, graves, canalizados. No corrieron. Merecen nuestro reconocimiento.

Ante estos acontecimientos debemos ser integralmente humanos, apoyados en nuestras facultades superiores, atentos con nuestra inteligencia y dueños de nosotros mismos con la voluntad.

Debemos ubicarnos en la tragedia, solidarizarnos con todos los hermanos que sufren el impacto directo de las fuerzas de la naturaleza: la muerte, las heridas, la pérdida de sus casas y demás bienes materiales.

Hay que permanecer vigilantes, listos para entrar en acción, más allá de la obligación y las ventajas económicas. No basta con dar limosnas o migajas, hay que darse a sí mismo y compartir lo que tenemos para vivir.

Ofrecen un espectáculo lamentable, vergonzoso quienes sacan el chacal que llevan dentro y se entregan a la rapiña. Afortunadamente son muy pocos, muchos de ellos son ya criminales, deshumanizados, están obligados a domar sus instintos. No sólo necesitan resistir a la tentación de arrebatar y lucrar con el dolor sino que necesitan la conversión espiritual y moral, dar a su vida una orientación totalmente nueva.

Los comunicadores  tienen gran influencia en la sociedad, en la formación de opinión, en las actitudes y estado de ánimos. Deben  ser conscientes de eso y responsables.

No pueden condenar ni a la naturaleza ni a los hombres. Después de todo ¿quiénes son ellos? Pobres servidores, a veces mercenarios.

No es sano ni se entiende que Oscar Mario Beteta exclame: “esta maldita circunstancia”. ¿Con qué autoridad juzga?

Tampoco se pueden colgar del siniestro para vender las noticias y hacer negocio. No se puede vender como un espectáculo circense, considerar el siniestro un evento.

Hace falta el testimonio. Hay una retórica de circunstancia devaluada, inútil. Sirve de poco minutos de silencio y palabras simpatía sin una ayuda real, significativa.

Noticias trágicas y dolorosas para muchos hermanos deben manejarse con todo respeto, sencillez, en tono sereno.

Es necesario entrar en la tragedia con discreción y humildad. Hay que estar disponible para los hermanos aunque estén a cientos de kilómetros. El que esté presente debe estar en actitud de escucha, de disponibilidad como un hermano que acompaña y apoya.

En la visión plena de la existencia humana, abriendo al hombre el horizonte de eternidad, no quedándose en el tiempo y el espacio, en la dimensión mundana.

En esta contingencia, hay un problema muy grave que se plantea. Es una verdad que olvidan y guardan bajo tierra los católicos: la suerte de los que mueren.

No todo termina ahí, bajo los escombros. Después de la muerte tienen que pasar el juicio ante el Juez Supremo, Cristo. Es el examen, la cuenta más importante de la vida. Ahí no hay expedientes mal armados, leyes manipulables, jueces vendidos, mordidas, palancas, impunidad. Dios que es infinitamente bueno es infinitamente justo. Las dos posibilidades son graves por encima de todas las cosas: el paraíso o la condenación.

El paraíso es el premio, la realización de los sueños, la vida plena, la gloria, en la fiesta más bella, toda una eternidad. Es la suerte de quienes siguen a Dios y sus santas leyes.

La otra alternativa es el fracaso total, definitivo, el odio, el resentimiento, la pérdida de Dios que tortura por toda la eternidad. Es la suerte de quienes no hacen caso a Dios.

Quienes tenemos fe hemos de apoyar en este paso, orando a Cristo Mesías y juez, el único que puede darles el premio por las buenas obras y el paraíso.

Es muy poderosa la oración, sobre todo en comunidad,  para ayudar a los difuntos en el juicio ante Dios. Oremos por los difuntos, pidamos la misericordia infinita de quien entregó a su Hijo a la muerte para llevar a la fiesta de la gloria a quienes mueren en el temblor.