Diálogo: Un teatro caro y malo, la política

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

La acción política saca a la gente de la realidad, la sube a una función de teatro. La clase política todo lo convierte en espectáculo, en representación.

Morelia, Michoacán, 09 de noviembre de 2017.- La clase dirigente de México ha hecho del país un gran teatro. Los dirigentes se representan un papel y hacen que todos los ciudadanos representen otro.

Es un juego. De hecho, en otros idiomas como el inglés y el francés la representación teatral se dice juego: play, y jeu.

Los mexicanos están perplejos, ya no saben qué hacer. Saben que la política no es una acción real, seria, muchos la ven como un juego que evade sus problemas. Los trabajos políticos son una actuación, sus discursos una ficción literaria.

La clase política pretende tomar la política en serio, como la vida real. Todo mundo siente que no es cosa seria, que los políticos actúan, que juegan con la gente, la “envuelven”,  manipulan.

Por lo que se ve, la compañía de teatro es muy mala y perversa: gasta cantidades exorbitantes de dinero que pide prestado. Echa sobre los mexicanos una deuda externa que no se puede pagar ni en sus intereses.

Urge que se cierre ese teatro porque millones de mexicanos no tienen  lo necesario para comer, están enfermos y mueren sin la atención médica digna.

Hay una obra muy repetida, muy gastada, ya perdió todo glamour: las elecciones para cargos públicos, de manera especial la presidencia de la República.

En esta obra teatral, los actores famosos, estrellas de la clase social, no hallan como atraer a la gente y hacerla entrar a su espectáculo.

Su estilo de comedia no se ha renovado, repiten siempre los mismos rollos, promesas que nunca se cumplen y que ya nadie cree, escenarios fantásticos que pintan un paraíso, creación de una mente calenturienta y mal intencionada.

Nadie cree el juego de los actores y se gastan sumas increíbles de dinero que hace falta para las grandes necesidades del país y para que sus hijos respiren en sus miserias y conozcan una vida más digna.

Los mexicanos que tienen sentido crítico expresan que urge que se suspenda esa función, esa pantomima. No se le ve ningún caso.

La vida del mexicano está llena de enigmas de perplejidades, se sitúa ante soluciones difíciles de encontrar. ¿Qué hacer en este gran juego, gran actuación que toma a México como escenario y a los mexicanos como espectadores obligados a presenciar y a pagar la función teatral?

La primera necesidad urgente, fundamental de los mexicanos es abrir los ojos a su realidad de personas muy valiosas, dotadas de una dignidad inalienable, con sentido crítico y responsabilidad para asumir la construcción de una paz que asuma la realidad y la transforme.

Y surge la gran pregunta, terrible como un oráculo: ¿qué debe hacer el mexicano común y corriente para romper este juego teatral, poner los pies en la realidad y empezar a enderezar el rumbo, a construir un nuevo país desde abajo?

Hace algunos años el gran visionario Pierre Babin proclamaba en Francia: el mundo necesita agentes que sacudan a fondo a la gente y la despierten. El mundo necesita “eveilleurs”, en el sentido de despertadores de la conciencia del hombre que la sacudan y la vuelvan a su vida, lúcida y libre, plenamente humana.

He ahí un reto para los líderes sociales, para los sacerdotes, los obispos y los creyentes maduros, para los hermanos que aman a la humanidad y buscan un mundo mejor.

Es la hora de despertar a todos los mexicanos, de levantarlos de su letargo y apatía para hacerlos personas humanas capaces de tomar en sus manos su propia vida y el destino de México.

Es la revolución que hay que emprender. Hay que ponerse en campaña: vivir sobriamente, velar para encontrar las soluciones, dar los pasos concretos para salir de la crisis política que hunde sus raíces en el lodazal y podredumbre de la corrupción, mentira, bajas pasiones y mezquinos intereses.

Se necesita un apoyo más grande que nuestra energía y nuestros medios humanos. Para quienes tienen fe, el apoyo se encuentra en Dios que hace hombres nuevos y creó un mundo feliz, un paraíso.