El arte de gobernar no haciendo nada (Por: Jorge Luis Hernández Altamirano)

El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

Da la impresión de  que el gobierno estatal está empeñado en trabajar y resolver problemas en campos que no los tienen, como el tristemente célebre proceso de rebranding de la marca Michoacán; mientras que, en las cosas urgentes, el cálculo político indica dejar hacer y dejar pasar, con la esperanza de que alguien más resuelva.

Morelia, Michoacán, 01 de febrero de 2019.- Se cumplen ya dos meses de la administración federal y, en parte por la cultura política y en parte por la propia estrategia de medios de presidencia, parece que todas las cosas que pasan en México tienen que ver con López Obrador. El presidente se ha encargado de protagonizar, en conferencias matutinas, la agenda de medios y ha presentado en ellas infinidad de declaraciones, ideas de política pública, chistes, llamados morales, desmentidos y un larguísimo etcétera.

Ante la ola informativa y, sobre todo, las pasiones y odios que despierta la figura presidencial, frecuentemente se cae en la tentación de reducir la idea de gobierno y el análisis de la administración pública al nivel federal. Olvidamos que México es una república federal y que, en cada entidad hay una organización política encaminada a su propio desarrollo, así como centenares de municipios que deberían de cumplir, todos los días, con la satisfacción de los servicios más cercanos para su población.

La evaluación de la actividad gubernamental en Michoacán no debiera ser un tema menor, máxime cuando hacemos comparaciones respecto a otras entidades en datos como competitividad, seguridad, estado de derecho y educación. Es importante dejar de creer que las cosas siempre han sido y así seguirán estando, que estamos condenados a convivir en un Estado de derecho débil, con instituciones que se pliegan ante poderes fácticos y cuya única misión es presionar al gobierno federal para obtener más recursos, con los que se puedan sostener añejas maquinarias de clientelismo político nacidas al amparo del poder.

Y es que, seamos francos, el conflicto entre el gobierno del estado y el gremio magisterial lleva décadas y se ha agudizado. Por cuestiones políticas, los gobiernos estatales han entregado a las dirigencias sindicales, que no a los maestros, grandes cantidades de dinero con cargo al erario público.

Se entiende que la administración pública deba romper con esa dinámica, pero no puede ser a costa de las percepciones laborales de los docentes y, por consecuencia, de la continuidad de las clases de los alumnos. Peor aún, si se pretende renunciar a la función educativa para regresarla a manos de la federación, esto no puede hacerse sin dejar claro cuánto ha costado mantener la nómina, en dónde está el dinero faltante entre lo que el gobierno dice haber entregado y lo que los trabajadores han recibido y, sobre todo, pensar a dónde serán dirigidos los ahorros que esto significará.

La inacción del gobierno estatal, que pretendió lavarse las manos y cargarle la responsabilidad al gobierno federal, dice mucho de cuál es el estado de las cosas en el estado. Y es que, más allá de que esto pueda ser o no una jugada política partidista, parece que los años de administración del actual gobernador ha habido mayor empeño por las portadas y las giras que por un efectivo trabajo de gestión de lo público.

Da la impresión de  que el gobierno estatal está empeñado en trabajar y resolver problemas en campos que no los tienen, como el tristemente célebre proceso de rebranding de la marca Michoacán; mientras que, en las cosas urgentes, el cálculo político indica dejar hacer y dejar pasar, con la esperanza de que alguien más resuelva.

No desdeño la importancia del turismo, ni el mercado que ofrece la Feria Internacional de Madrid; pero no puedo dejar de imaginar que la promoción del estado bien pudo haber sido desarrollada por la titular de la secretaría del sector; mientras Silvano Aureoles se quedaba en Michoacán a resolver el conflicto o, al menos, a hacer como que lo resolvía.

¿Habrá respuestas o seguiremos esperando a que crezca el conflicto o que, mágicamente, lo resuelva la Federación a billetazos?

Al tiempo.