El Evangelio Hoy: Cristo, el pan de vida

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

Hay un hambre terrible en el mundo, hambre de amor, de presencia. Cristo es el pan de amor que se entrega a sus amigos en la misa.

Morelia, Michoacán, 05 de agosto de 2018.- En tu vida. Giovanny vivía en un terrible vacío existencial, tenía mucha hambre de una presencia cariñosa.

Mucha gente está perdiendo el sentido de la vida, se pierde para la vida inmortal y la felicidad plena. Le hace falta Cristo.

Dios habla. Dios conoce bien al hombre porque él lo formó, fijó las leyes de su ser, lo hizo para algo, si el hombre alcanza su fin consigue la satisfacción y la felicidad plena y definitiva.

Dios le dio un cuerpo, que se alimenta de comida material y de bebida. Mucha gente vive sólo para el cuerpo, viven para llenarse de manjares y bebidas abundantes y ricas para el paladar, satisfaciendo su instinto.

Muchos hermanos tienen comida de sobra, están hartos, engordan, se hartan sin necesidad. Los obesos llenan el mundo, algunos han perdido la forma humana y la movilidad.

¿Por qué el hombre está clavado con la mirada en las realidades terrenales, como los cerdos que nunca levantan la cabeza al cielo?

Porque el hombre es cuerpo y espíritu y no pueden vivir sólo en la parte baja de lo material, sensible y mortal.

El hombre es un todo compuesto, tiene una existencia y una dimensión espiritual, tiene alma, es espíritu.

Para que el hombre se desarrolle plenamente, es necesario que atienda su ser integral su doble dimensión de cuerpo y espíritu.

El espíritu también busca sus placeres intensos, deleitables, que dan una felicidad profunda, pura. El hombre goza de manera íntima y más plena que en los placeres de los sentidos corporales.

El que vive a ras de la tierra sólo buscando los placeres para satisfacer los instintos del cuerpo, con frecuencia de una manera irracional, excesiva, enfermiza tiene una vida muy mundana. Tal vez tiene dinero, fama, éxito social, pero vive en un gran vacío que lo empuja a la depresión y al suicidio.

El hombre primitivo que levanta poco sus ojos al cielo busca satisfacer las necesidades del cuerpo. Es el caso del pueblo judío que tiene hambre y clama a Moisés. Se sienten contentos y maravillados con la carne de codornices que caen sobre el campamento y con el mana que llueve del cielo y se convierte en su alimento.

Casi 1000 años después, los judíos siguen en ese mismo nivel satisfaciendo sólo el hambre del cuerpo. Las multitudes siguen a Jesús porque multiplica los panes y les da pan hasta llenarse. Pero no levantan los ojos al cielo para ver las señales de Dios. Como las multitudes de México en los mítines.

Para encontrar a Dios es necesario “que crean en aquel a quien él ha enviado”.

Él es la señal para que el mundo crea en él, es el pan: “es mi padre quien le está el verdadero pan del cielo porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Para los judíos la gran señal era el mana que Dios dio en el desierto.

Dios es amor y el hombre, hecho a su imagen, vive de amor. Para saciar su hambre íntima es necesario encontrar a Cristo y sentirse amado. Es la maravillosa experiencia de ser amado.

Comulgar es encontrarse con el Amor que es Cristo. “El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

En el encuentro con Cristo tenemos el amor eterno y la felicidad plena, deseada.

La misa es la cena de amor.

Vive intensamente. Necesitamos a Cristo, hay que buscarlo para saciar nuestra hambre de amor y vida inmortal.

Cristo con nosotros. El pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida el mundo. Comulga.

Para platicar en familia. Para el hambre de amor de la familia, Cristo se hace pan, y sacia el hambre de amor.