El Evangelio hoy / Cristo nos tranquiliza: No tengan miedo

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El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

Es oportuna, providencial la Palabra de Cristo en las pruebas de violencia, miedo, cae en el momento justo: Dios protege a sus pobres y discípulos.

             

En tu vida. La situación es muy difícil, hay muchos males que no tienen salida ni hay quien cuide de los pobres y sus necesidades.

 Lo que nos sostiene está más allá de este mundo, un Dios bueno, fiel que cuida de los pobres, desamparados y sin apoyos humanos.

Dios habla. La Palabra de Dios nos da el sentido de nuestras luchas. Es poderosa para cambiar la suerte de los hombres.

Dios creó al hombre, una pobre criatura, de existencia precaria, mortal, necesitado de todo.

El hombre enfrenta muchos problemas, lucha contra las enfermedades y otras calamidades. Su existencia es una larga lucha contra el mal físico y moral.

El hombre, dejado a sus fuerzas, perece, su vida es una tragedia como lo presentaron bella y terriblemente los escritores griegos como Esquilo. Se ve inexorablemente aplastado por las fuerzas tremendas del destino.

El discípulo de Jesús, que es testigo de la justicia y la verdad, de parte de los poderosos corruptos y soberbios, sufre persecución y está expuesto a la muerte como Jeremías.

A lo largo de la historia de salvación Dios poderoso y sabio acompaña al pobre. Es una presencia todo poderosa y segura: “el Señor, guerrero poderoso está a mi lado”.

Finalmente los corruptos y soberbios caen abatidos: “por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo, quedarán avergonzados de su fracaso”.

La victoria de Dios se realiza en la existencia humana, no reducida a la breve vida terrena sino en su dimensión total, espiritual e inmortal, la realidad de la vida empieza en la muerte. Es la precisión que hace Cristo:

Teman a quien puede arrojar al lugar del castigo el alma y el cuerpo”.

Debemos ser discípulos de Cristo, pero no nada más para pedir, pensando en bienes egoístas. Cristo nos quiere para ser sus colaboradores en la conversión de los pecadores y la salvación de los hombres.

 No sólo los sacerdotes están llamados a dar lo mejor de sí mismos para Dios llevando la salvación a los hermanos. Todos estamos obligados porque somos miembros de un pueblo de sacerdotes, de profetas y de reyes.

 Habremos ganado a Dios para el momento decisivo y terrible de nuestra vida, cuando se juega nuestra felicidad plena en la vida definitiva y eterna:

 “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos…” A quien me da mi lugar de Dios, a quien tiene tiempo para mí y trabaja por mí, yo lo atenderé inmediatamente a la hora de la muerte, en el juicio.

Son palabras muy sabias y consoladoras en los momentos muy difíciles, momentos límite que estamos viviendo.

La grandeza de un Dios bueno y seguro nos da una gran tranquilidad. Hasta la caída del pájaro está arreglada por la providencia, exclama Hamlet en la obra de Shakespeare.

Las palabras de Cristo revelan la increíble ternura del Padre Dios que nos cuida con inmenso cariño:

Hasta los cabellos de su cabeza están contados…. Por lo tanto no tengan miedo porque ustedes valen más que todos los pájaros del mundo”.

Esta hora de violencia, de muerte, en que nos sentimos sin gobierno ni policía que esté con los inocentes y no con los criminales, nos acerca a Dios. En él encontramos lo que los gobernantes no dan: la seguridad, la justicia.

Basta con poner en él toda la confianza.

Vive intensamente. Hay que vivir la fe, no limitarla a algunas prácticas como la misa. Hay que encontrar a Dios, cambiar totalmente y seguirlo.

Para platicar en familia. ¿Tu familia ha encontrado a Dios, lo tiene como su papá grande y poderoso que lo protege de los criminales y las autoridades injustas?