El perro tonto, el hurón asesino y el perico diabólico / Jorge E. Traslosheros

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El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, articulista del diario La Razón

El autor, Jorge E. Traslosheros, es investigador titular del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán; además, artículista del diario La Razón

A lo largo de mi vida he tenido numerosas mascotas, de distintas especies, además de muchos perros. Han desfilado cuyos, hurones, conejos, ratas blancas y pintas, hámsters, ratoncitos, víboras, ranas, renacuajos, tortugas, pollitos, gallinas y gallos, peces grises y de colores, zarigüellas y, más reciente, una iguana

Ciudad de México, 05 de mayo de 2017.- A lo largo de mi vida he tenido numerosas mascotas, de distintas especies, además de muchos perros. Han desfilado cuyos, hurones, conejos, ratas blancas y pintas, hámsters, ratoncitos, víboras, ranas, renacuajos, tortugas, pollitos, gallinas y gallos, peces grises y de colores, zarigüellas y, más reciente, una iguana que vive en la azotea de una casita a la que solemos ir de fin de semana, enemiga jurada de la difunta Cuca y voraz comedora de mangos.

No todas estas mascotas han tenido finales felices, ni han sido simpáticas, ni se han distinguido por su nobleza. Por ejemplo, en mi niñez tuvimos varios perros comprados por mi Papá en Gigante, los cuales murieron de moquillo a los pocos días de llegados. La historia más trágica fue la de esas ratas sudamericanas llamadas cuyos. Su principal gracia era que nadaban muy bonito. Un día alguien las echó al agua, se divirtió mucho, se le olvidaron y las encontramos ahogadas. Ninguno de los amigos que diariamente asistían a la casa, mucho menos mis hermanos, confesaron su crimen. Tengo sospechas del autor del terrible cuyicidio; pero jamás he dicho nada y hoy no será la excepción.

Misterios criminales aparte, las historias más interesantes han sido protagonizadas por un perro tonto, una hurona asesina y un perico diabólico.

El perro tonto formó parte de mi infancia. Era un pastor alemán blanco al cual pusimos por nombre Centinela. Mala elección porque jamás pudo distinguir entre un ratero y un amigo de la casa la cual, como buen hogar del bello barrio que fue la colonia Roma Sur, siempre estaba llena de los “cuates de la cuadra”. Le tenía particular tirria a mi tío Chava, a quien atacaba sin motivo aparente. Era tan tonto que en una ocasión se arrojó de la azotea para morderle el pantalón, con tan buena fortuna que sí logró su objetivo y no se murió del trancazo. Un día recogimos de la calle a una perrita, ya vieja, a la cual nombramos Loba. Los siguientes dos años el Centinela y la Loba se dedicaron a fornicar día y noche en presencia de niños y adultos. Sólo se despegaban para ladrarle a los parientes. Cuando nos cambiamos de barrio mis padres regalaron a los concupiscentes canes. Ignoro su suerte.

Muchos, muchos años después, mi hijo mayor se obsesionó con la idea de tener un hurón, animal salvaje, largo, dormilón y apestoso. Su afán no tenía justificación pues ya no era un adolescente; pero algún día sabremos de las terquezas de los jóvenes. Resistí lo más que pude, hasta que mi esposa me persuadió de aceptar. Era, me dijo, una buena oportunidad para que él tomara plena responsabilidad de un animalito, parte de su formación, me dijo. Ingenuo de mí, accedí. Débil de mí suplí, en parte, su responsabilidad. Acude en auxilio de mi ingenua debilidad el hecho de que todas las noches mi hijo limpiaba la jaula del animal, siempre en condiciones repulsivas. Poco después, se fue un año a estudiar al extranjero en virtud de una beca ganada con talento, tesón y esfuerzo. ¿Influencia benéfica de la mascota? Imposible saberlo. El caso es que el hurón resultó hurona, notable por su ferocidad. El día que llegó, le di de comer y me pagó con una mordida que aún me duele. No fue la última vez que me atacó. La acción se repitió con cada uno de los miembros de la familia, nuclear y extensa, sin perdonar a los amigos. Atacaba por instinto asesino, sin previo aviso, por lo regular mientras se comportaba dulce y tiernamente. Murió de muerte natural; pero bien pudo haber tenido el final de los cuyos.

Hace muchos años, todavía en vida de mis tres perros, la hurona, la tortuga Fly (¡gran animal!) y la madre o abuela de la actual iguana, mi esposa compró, a petición de mis hijas, cuatro periquitos australianos identificables por su plumaje: blanco, azul, amarillo y verde. Al pasar los meses el verde mató a sus acompañantes, uno a picotazos, otro aplastado y el tercero de hambre, no obstante gozar de abundante comida y una jaula muy grande. Durante su estancia han muerto, una a una, las otras mascotas. Habita en un pequeño patio, muy agradable. Siempre está ahí, atento a los movimientos de la familia, dueño de la situación, incólume, limpiando constantemente su verde plumaje con diabólica inocencia.

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