Más allá del aeropuerto (Por: Jorge Luis Hernández Altamirano)

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El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

Las críticas académicas y legítimas a temas como la consulta inmediatamente fueron encajonadas en el terreno de los adversarios, regresaron los ataques a la prensa que no canta al ritmo que al tabasqueño le gusta y las amenazas a la sazón de “váyanse acostumbrando”

Morelia, Michoacán, 05 de noviembre de 2018.- Una vez terminada la consulta, en la que los partidarios de la nueva presidencia vieron concretizados sus más grandes anhelos de democracia participativa, sin antes minimizar las críticas, esos mismos personajes han pasado a celebrar el que se supone es la nueva gran realidad del Estado mexicano: el poder político estará siempre por encima de los poderes económicos.

La idea, por sí sola, luce muy atractiva, sobre todo cuando está por culminar un sexenio caracterizado por graves escándalos de corrupción, vinculados a una serie de contratistas favorecidos por el sexenio de Peña Nieto. El dinero sucio, alimentó no sólo los delirantes gustos de políticos convertidos en jeques, también sostuvo una maquinaria electoral capaz de imponerse a través de compra de voluntades.

Lamentablemente, siento no compartir el júbilo de los partidarios de AMLO, principalmente por dos razones, ambas de tipo político: la primera es que no parecen imaginar la posibilidad de puntos medios de la relación política – economía; la segunda, todavía más peligrosa, porque para dar su golpe de autoridad el futuro presidente ha desdeñado todas las instituciones que tenía a la mano y su promesa de combatir la corrupción, al asegurar que los contratos se respetarán, pero serán llevados a cabo en una nueva ubicación, sin licitar de nuevo.

Sobre el primer aspecto, el mundo del lopezobradorismo confirma sus credenciales populistas; ni siquiera ha tenido que esperar a la asunción del poder presidencial y ya han dividido al país en dos partes: por una los feligreses de la cuarta transformación, mexicanos conscientes y de avanzada: y el otro, el de los “los fifís” alienados por los intereses de la oligarquía y presos de una falsa conciencia de clase.

Las críticas académicas y legítimas a temas como la consulta inmediatamente fueron encajonadas en el terreno de los adversarios, regresaron los ataques a la prensa que no canta al ritmo que al tabasqueño le gusta y las amenazas a la sazón de “váyanse acostumbrando”. El caso del tendring topic #ConsignasParaLaMarchaFifí es una interesante muestra de cómo la maquinaria tuitera de López Obrador actuará para ridiculizar y acallar las críticas.

El problema con la apuesta populista es que coloca toda la confianza, y por lo tanto el pleno poder, en un lado de la balanza; cuando a los propios se les atribuyen podes sobrenaturales en una misión contra el mal, es sencillo justificar toda clase de decisiones en búsqueda del “bien superior”.

Este aspecto, da entrada al segundo punto que busco demostrar, el despreció a las vías institucionales para la solución de los problemas. Ya no hablemos del intento de consulta popular que a todas luces resultó en un efecto búmeran, al ser exhibidas y divulgadas las imposibilidades para un ejercicio verdaderamente democrático, pero estemos al pendiente de cuáles serán los siguientes pasos una vez que Texcoco se ha cancelado.

El próximo presidente, aseguró que la obra de Santa Lucía, y el sistema aeroportuario que proponen, quedaría listo en tres años; pero ni las experiencias de obra similar, ni el tiempo que toman las certificaciones internacionales que validen su seguridad, auguran posible lo que suena más a un discurso optimista, pero falso.

Pero ¿pudo haber hecho algo distinto López Obrador para reafirmar la primacía del poder político sobre el económico? Sí, y hay una serie de acciones que debieron empezar por la revisión, deslinde de responsabilidades y castigo a aquellos contratos que efectivamente fueran corruptos. Era un buen momento para demostrar que la lucha contra la corrupción será real y que, por eso mismo, se sostendrá en las facultades de la Auditoria Superior, la Fiscalía General y las instancias de Transparencia.

Lamentablemente el discurso del fortalecimiento del aparato gubernamental coincide a la vez, de modo esquizofrénico, con una política de recorte de mucho del personal más preparado o la disminución de sus percepciones.

Lo que en el fondo evidencian estas actitudes es un desbordado y creciente culto a la personalidad, del que se exageran virtudes y se buscan señales codificadas y genialidades en cosas triviales. En esa lógica, si el Presidente sabe lo que necesita el pueblo y puede hacerlo, por qué reparar en crear un andamiaje institucional que haga real y practicable su cruzada.

Muchos harían bien al recordar el principio de legalidad herencia del pensamiento liberal: “las autoridades sólo pueden hacer lo que la ley les indica expresamente y deberán fundar y motivar sus acciones”.

Porque, sino es así, quién vigilará a los vigilantes súper poderosos.