Normalistas, jóvenes y manipulados / Alejandra Ortega

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La autora, Alejandra Ortega, es subdirectora de ATIEMPO.MX, con una amplia trayectoria de más de 15 años en los medios de comunicación

La autora, Alejandra Ortega, es subdirectora de ATIEMPO.MX, con más de 15 años de trayectoria en el periodismo

Detrás de todo esto hay personajes funestos que mueven los hilos, con intereses políticos y económicos claros, que no compartirán con la mayoría de estos jóvenes; los adiestran para enfrentarse a la policía, aunque seguramente nadie les advierte que trasgredir la ley y transitar al margen de ésta, conlleva el peligro de ser un día alcanzado por una bala

Morelia, Michoacán, 25 de junio de 2017.- La adolescencia es la etapa más complicada en la vida de cualquier ser humano. Se experimentan un gran número de cambios físicos, biológicos, emocionales e intelectuales. Una etapa de mucha vulnerabilidad, pero también de una enorme soberbia, pues es cuando creemos que todo lo sabemos, que somos más inteligentes y astutos que nuestros padres. Sentimos que podemos cambiar el mundo con nuestra sola presencia.

Todo esto es natural. A algunos les afecta más que a otros, pero todos, todos pasamos por ese duro momento de dejar la infancia.

Pero es precisamente en estas etapas de transición cuando algunos aprovechan para influir e insertar Ideas o ideologías que no siempre son sanas, es más algunas veces son muy perversas.

Hacer creer a un joven que debe sentir odio por los ricos y poderosos no es sano.

Hacerle creer que nacer de padres pobres debe remediarse arrebatando a todo aquél que tiene más, es injusto.

Hacerles creer que está en sus manos lograr los cambios sociales para tener mayor equidad, por medio de acciones violentas, de enfrentarse a la policía y de generar inestabilidad y desorden en una sociedad, es perverso.

Es fácil manipular las mentes de los jóvenes, hacerles creer que pueden cambiar un régimen ellos solos, hacerlos sentir que son víctimas de un sistema, que son los olvidados y marginados, es fácil pues esto también lleva su gran dosis de egocentrismo, característica muy presente a esas edades.

Esto, lo vemos muy claro en muchas escuelas y universidades, pero en las normales rurales está muy presente y es uno de los grandes problemas, pues se les forma no sólo para ser maestros, sino para ser luchadores sociales, para ser líderes en sus comunidades, líderes con ideas socialistas que después diseminan.

Ellos creen que son los únicos que pueden rescatarnos del voraz capitalismo y el neoliberalismo, que son los únicos que pueden entender bien la realidad en la que vivimos y son ellos los llamados a rescatarnos y sacudir nuestras mentes para despertar en nosotros al hombre que debe ser libre y consciente, que no se deje aplastar por la burguesía rapaz que nos quita los medios para subsistir y nos deja en calidad de esclavos.

El discurso no suena nada mal, de hecho tiene aspectos ciertos, pero también trae consigo una carga psicológica muy fuerte, que intenta hacernos sentir mucho peor de lo que estamos, en situación deplorable y paupérrima, para que a partir de ahí nazca esta necesidad de lucha, de hacer justicia con los medios a nuestro alcance, es decir, una revolución proletaria como la que proponía Marx para arrebatar el poder a la oligarquía e instalar un nuevo gobierno socialista.

Y así los forman, con la idea de que las leyes y normas que todos debemos cumplir para poder vivir en una sociedad ordenada, no son más que instrumentos para ejercer control que deben romperse, y entonces tenemos, ahora sí, las condiciones perfectas para que los jóvenes normalistas actúen de las formas que ya conocemos.

Quemando vehículos particulares, robando camiones de empresas, cerrando vías de comunicación, asaltando tiendas, como una forma de provocación al gobierno, autoridad que no reconocen, porque para ellos no existe más autoridad que la de ellos mismos.

Por eso exigen y reclaman, porque se sienten con el derecho de tener lo que ellos creen que se merecen y les pertenece. Así se enfrentan a cualquiera que esté en contra de lo éstos ven como cierto y justo, pues así fueron adoctrinados.

De ahí su concepción de quitarle al que tiene más porque esa burguesía que se debe acabar. Aunque sus bienes los hayan obtenido con mucho trabajo y esfuerzo y no por obsequio del gobierno.

La soberbia es tal que no les interesa saber lo que pensamos los demás, si queremos vivir en el capitalismo o en el socialismo, si queremos vernos como Estados Unidos o cualquier país europeo, o queremos ser como Venezuela, China, Cuba o Corea.

Por supuesto que no les interesa, en ellos no hay democracia, porque les enseñaron a imponerse a la fuerza, a querer que sólo sus ideas, aunque confusas, mal entendidas y tergiversadas, sean las que prevalezcan, nos guste o no.

Detrás de todo esto hay personajes funestos que mueven los hilos, con intereses políticos y económicos claros, que no compartirán con la mayoría de estos jóvenes.

Manipuladores que poco les importa enviar al frente de batalla a estos incautos muchachos, que han sido adiestrados para enfrentarse a la policía, aunque seguramente nadie les advierte que trasgredir la ley y transitar al margen de ésta, conlleva el peligro de ser un día alcanzado por una bala.