Pacifismo (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

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El autor de este artículo es el reconocido Doctor Alejandro Vázquez Cárdenas

El autor de este artículo es el reconocido Doctor Alejandro Vázquez Cárdenas

Suena bien, pero hay algunos detalles que vale la pena mencionar, el pacifismo, al tener como objetivo principal el mantener a toda costa la paz, cae en el error de no distinguir entre una Estado donde únicamente no hay guerra y un Estado donde además de ausencia de guerra existen libertad, igualdad y desarrollo social

Morelia, Michoacán, 04 de septiembre de 2018.- Por definición Pacifismo se denomina al conjunto de doctrinas que buscan promover la paz entre las naciones. El concepto deriva de paz, que es la ausencia de violencia o guerra y el estado de quietud y tranquilidad.

Por naturaleza o por convencimiento, los pacifistas se oponen a toda forma de violencia. El pacifismo puede considerarse primariamente como una ideología, aunque suele traducirse en un movimiento político, social o religioso que incita activamente a dejar de lado los enfrentamientos violentos.

Básicamente el pacifismo apuesta por el diálogo, y la diplomacia en la relación entre los pueblos. Para enfrentar a la violencia no propone métodos violentos, favorece la objeción de conciencia, la desobediencia civil y la resistencia no violenta (con una huelga, un boicot, etc.)

Suena bien, pero hay algunos detalles que vale la pena mencionar, el pacifismo, al tener como objetivo principal el mantener a toda costa la paz, cae en el error de no distinguir entre una Estado donde únicamente no hay guerra y un Estado donde además de ausencia de guerra existen libertad, igualdad y desarrollo social.

En el pasado reciente, concretamente al inicio de los años 30, en las potencias europeas existían importantes grupos que recomendaban desarmarse, sin considerar que ya en esas fechas el ejército alemán estaba rearmándose aceleradamente. En 1938 la totalidad de los pacifistas en Europa y América aplaudieron como focas el llamado “Pacto de Múnich”, el cual, por sus trágicos resultados vale la pena recordarlo.

Las insistentes reclamaciones de Hitler sobre el territorio de los Sudetes en Checoslovaquia originaron una grave crisis en el verano de 1938; el Primer Ministro del Reino Unido, Sir Neville Chamberlain no dudó en entrevistarse dos veces con el Führer en septiembre, tratando de garantizar una salida pacífica a la situación. Finalmente, el 29 de septiembre se reunieron en Múnich en una conferencia a la que asistieron Adolfo Hitler, el Duce italiano Benito Mussolini Presidente de la entonces República Social Italiana, N. Chamberlain y el Primer Ministro francés Edouard Daladier. Ahí, Hitler siguiendo su proyecto, endureció su posición hasta conseguir prácticamente todo lo que quería.

Hitler y Chamberlain firmaron un documento en el que declaraban su deseo de garantizar la paz mediante la consulta y el diálogo. Daladier y Chamberlain fueron bienvenidos en París y Londres por multitudes eufóricas que les saludaban como salvadores de la paz. Chamberlain proclamó que traía “la paz con honor, la paz de nuestro tiempo”. La realidad pronto mostró a lo que había llevado la política de apaciguamiento de Chamberlain, en marzo de 1939, Hitler invadió lo que quedaba del inerme Estado checoslovaco. Así, los acuerdos de Múnich se convirtieron en el símbolo de la inutilidad de los esfuerzos por apaciguar a Estados totalitarios expansionistas. O sea, se demostró la inutilidad del pacifismo si una de las partes está decidida a todo.

En su ensayo Reflexiones acerca de Gandhi (1949) sostiene Orwell que Gandhi, equivocadamente, nunca percibió la naturaleza terrible y brutal del totalitarismo y que suponía toda lucha como una extrapolación de su propia disputa contra el entonces poderoso imperio británico.

Gandhi, como el resto de los pacifistas, eludía las preguntas más difíciles, y las respondía vagamente sólo cuando le era imposible escabullirse. Por ejemplo, Gandhi no tuvo más remedio que contextualizar la crítica contra la guerra al admitir que si se hubiera aplicado la resistencia pacífica ante una invasión japonesa en 1942, habría costado varios millones de vidas.

Parece ser que no debemos olvidar la sentencia latina, atribuida a Julio César, pero que en realidad es del escritor romano Vegecio “Si vis pacem, para bellum”; y cierro con una frase de Winston Churchill que define bien las consecuencias del pacifismo “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”.

Alejandro Vázquez Cárdenas