Proyecto Secreto: Inversión de valores

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

El autor es el Presbítero Mateo Calvillo Paz, vocero episcopal y colaborador de diversos medios de comunicación locales, regionales e internacionales

A la corrupción en los hechos precede la corrupción en las ideas. El valor supremo es el dinero y los bienes materiales y no los valores espirituales.

Morelia, Michoacán, 28 de noviembre de 2019.- En la entrega pasada afirmábamos: “ es la era del dinero, las grandes fortunas y el consumismo. El hombre es considerado como unidad de producción y consumo.

No se considera el hombre en su realidad integral de espíritu y cuerpo…” Se han olvidado los valores espirituales, más puros e imperecederos.

La corrupción, que penetra hasta la médula de la persona y hasta las estructuras de la sociedad, es una expresión de la  inmoralidad, de la devastación moral porque se han perdido los valores del espíritu.

Los hidalguenses que robaban gasolina prefirieron un bien material, equivalente a unos pesos al imperativo moral: no robarás.

Los hombres viven en materialismo, consumismo, para el hedonismo. Sólo tienen ojos y corazón para el dinero y los bienes materiales que traen seguridad material y satisfacciones del cuerpo.

La vida política, social, empresarial tiene como centro el dinero. El bien más grande, la solución a todos los males, la gran felicidad para todos es la inversión extranjera en millones de dólares.

Hemos perdido los valores, el sentido del bien y del mal. Hemos perdido valores fundamentales, las virtudes, como la honestidad, la sinceridad.

Ha desaparecido el sentido de Dios, fundamento de los valores que premia la virtud y castiga el crimen.

Y con todo. Dios es quien tiene la razón. En la tragedia de Tlahuelilpan se cumple la palabra del divino Maestro: “¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo…?”

Para vencer la corrupción de raíz y no sólo algunos brotes, para el cambio a un país de ley y justicia, transparencia, de honestidad y virtud, hay que realizar la inversión de valores, rescatar los valores del hombre con un destino eterno. Hay que renovar al hombre, su mente, su corazón y reorientar su acción.

Hay que librarlo de su ceguera, sólo ve su “yo”. Hay que abrirlo a los demás y a la comunidad para que sepa amar y darse. Se necesita un giro de 180° para que ya no se contemple a sí mismo si no que se vuelva a los demás.

Hay que romper sus pasiones bajas, irracionales que lo mueven a los bienes materiales y perecederos para satisfacer los instintos: el poder, el dinero, la fama, el placer. Hay que darle valores más altos, atractivos. Hay que reorientar su corazón para que busque el amor, el servicio, la verdad la justicia y la libertad para hacer el bien.

Hay que abrirlo al deseo de Dios que colma todos los deseos de felicidad, de amor y vida inmortal, con los bienes de lo alto en el mundo nuevo que Cristo inaugura para sus seguidores.

Hay que modificar su mente con una nueva manera de pensar, un mundo de ideas nuevas traerá acciones renovadas para buscar el bien común verdadero de todos. Hay que superar el egocentrismo, la actuación caprichosa sin tener en cuenta el orden moral.

El cambio puede parecer incomprensible e imposible pero con Cristo el paso es natural. El hace nuevas criaturas.

La conversión urge a todos desde el más encumbrado, que no está libre de pecado, que con su contacto pretende hacer buenos a todos hasta el más humilde que reconoce humildemente la corrupción de su corazón.

Como dice el Maestro, hay que morir al viejo yo y renacer al hombre nuevo. Hay que desactivar al hombre corrupto y reprogramarlo.

Hay que romper el círculo de la “individualidad” que propone el Lelo de la Rea. Hay que ubicarse en el orden moral, el orden de la razón, establecidos por el Creador.

Ahí se encuentran las virtudes y los valores fundamentales, inalienables del ser racional: la humildad para reconocer sus errores y limitaciones. Se encuentran los grandes valores que se imponen al hombre: la verdad, valor universal que se impone a todos y no depende del “dedito” y de la ocurrencia del gran jefe.

La transformación verdadera del país comienza en el hombre, que muere a la corrupción y mañas, y renace al hombre nuevo libre de las ambiciones perversas y de las bajas pasiones: la egolatría, la obsesión del poder, el dinero, el parecer (fama), el placer.