¿Qué va a transformar la cuarta transformación?

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El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

Las señales no parecen ser muy positivas cuando, entre las tres posibles candidatas a ocupar el asiento que en la SCJN deja el destacado ministro José Ramón Cossío, se encuentran una hija de una actual senadora y próxima secretaria de gobernación y la esposa del favorecido empresario Rioboó

Morelia, Michoacán, 29 de octubre de 2018.- Han transcurrido ya cuatro meses de no gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien ha protagonizado, un día sí y otro también, las primeras planas de los principales diarios y los espacios noticiosos de radio y televisión.

Una serie de factores han hecho esto posible, primero la habilidad de López Obrador para imponer su agenda y el timing para ir colocando los asuntos que le interesan, al tiempo que sus futuros secretarios ahondan sobre los temas de su cartera y anuncian planes y programas, a veces poco realistas; segundo, la incapacidad, que tampoco es novedad, de la todavía administración federal que parece haberse evaporado cuando cerraron las casillas el 1° de julio; tercero, el margen de maniobra que da el vacío legal en el que opera la transición, en el que los futuros funcionarios pueden echar a volar su imaginación, exigiendo parar maquinarias administrativas y organizando consultas populares patito; cuarto, y no menos importante, la legitimidad de López Obrador y un bono de credibilidad que parece estar aumentando.

Y es que el mensaje que ofreció MORENA es muy poderoso, prometieron una cuarta transformación del país que, emulando a Juárez, conseguiría la separación del poder político y el poder económico. En ese orden de ideas, la llegada de un nuevo grupo no sólo significaba un necesario cambio de élites, sino la posibilidad de desterrar con ellas todos los males de la política heredados de una tradición autoritaria sostenida por el priismo, entendido no como pertenencia a un partido político sino como forma de concebir la política y la sociedad.

Por eso, sorprenden algunas de las decisiones de estas últimas semanas que, aunque sean revestidas de un discurso renovador o tengan la intención de “mejorar” o “romper” con los viejos moldes, llevan tras de sí riesgos naturales para la salud de una democracia, que, si bien no está plena, funciona mejor que el sistema que imperaba hace menos de 25 años. Estos son los tres ejes que me preocupan:

  1. Democracia participativa, ¿para quién?

Uno de los argumentos más socorridos de los partidarios de Andrés Manuel para defender un ejercicio del que propios y extraños reconocen los errores metodológicos es la contraposición al pasado: “nunca antes nos habían preguntado”, espetan; “representa un nuevo estilo de gobernar”, prometen.

Es cierto que las sociedades, en México y en el mundo, están exigiendo cada vez más espacios de participación y deliberación de los problemas públicos; pero rechazan la simulación. Improvisar un ejercicio que, por sus limitaciones técnicas, es incapaz de abrir la participación a todos y, por la naturaleza de su pregunta y las condiciones de polarización, no ha motivado la deliberación necesaria en toda democracia participativa, es malbaratar la credibilidad de este tipo de ejercicios.

  1. ¿Cambiando las personas para cambiar las prácticas?

El nuevo grupo gobernante incorpora nuevas y refrescantes voces que seguramente tendrán mucho que decir y hacer en el nuevo gobierno; pero, es innegable que otros tantos han vivido al amparo del poder durante lustros y, con un instituto de supervivencia que muchos de los habitantes del México jurásico hubieran deseado, simplemente han mutado de piel para servir ahora al partido marrón.

Allende de la discusión sobre si los políticos pueden cambiar y mejorar, está claro que incluso en la misma cabeza de este movimiento se encuentra una persona que se formó en la práctica política del priismo. No queda claro que el patrimonialismo, la identificación del poder como botín, la simulación política y el clientelismo institucional hayan sido desterrados.

Aún más, la portada de César Yáñez, el evidente conflicto de interés de Rioboó y Jiménez Espriú con Santa Lucía y la existencia de militantes de morena elaborando padrones que servirán para la distribución de programas sociales, constituyen dudas legitimas respectos si esta administración significa cambio de prácticas o sólo de perfiles.

  1. Instituciones autónomas… ¿de quién?

Existe un evidente problema entre los afanes transformadores del próximo gobierno y la naturaleza autónoma de una serie de instituciones que, por representar tareas esenciales del Estado, no responden a tiempos y criterios gubernamentales.

Es natural que, con la mayoría legislativa, López Obrador busque dar su toque personal a todo el andamiaje institucional que se ha construido en materia de autonomía; no obstante, habrá que ser muy cuidadosos de los alcances de esas reformas; los golpes constitucionales que acaben con toda la plantilla de consejeros, para que la nueva coalición elija una a modo pueden ser mortales para las instituciones.

Igualmente relevantes serán las designaciones que se propondrán en el México de Morena, las señales no parecen ser muy positivas cuando, entre las tres posibles candidatas a ocupar el asiento que en la SCJN deja el destacado ministro José Ramón Cossío, se encuentran una hija de una actual senadora y próxima secretaria de gobernación y la esposa del favorecido empresario Rioboó.

Ya falta menos para ver, ahora sí de manera material, hasta dónde llegarán los afanes de la próxima administración. El tema de la consulta ha dejado claro sí, que la polarización protagonizará los próximos años de la nueva administración y que, aunque no haya una oposición partidizada fuerte, no faltarán las voces que vigilen los alcances de Morena.