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Autoridad moral y periodismo (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

Hay cierta prensa, para “desquitar la papa”, trabaja no para informar, sino para desinformar, confundir, exacerbar el dogmatismo, incrementar la polarización de la sociedad y perpetuar el engaño en que vive eso que llaman “pueblo bueno”

Morelia, Michoacán, 13 de julio de 2021.- «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». La anterior es una frase del poeta español, de la llamada generación del 98, Antonio Machado, en su libro de largo título: «Juan de Mairena: Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo», escrito en el ya lejano 1936.

Esta frase señala algo obvio. Que la verdad es muy independiente de la persona, organización, secta o partido que la enuncie. Verdadera perogrullada pero que increíblemente muchas personas  olvidan.

Lo anterior viene a cuento por la mortificante frecuencia con que diversos políticos, periodistas, analistas, amanuenses o simples lectores de noticias utilizan el argumento «autoridad moral» o su variante «calidad moral» no para argumentar, sino para  intentar descalificar a un oponente. Término lo suficientemente impreciso como para permitir  múltiples definiciones, la realidad es que no queda claro qué es lo que alguien quiere decir cuando recurren a él. La realidad es que la «calidad moral», signifique esto lo que signifique, no es de ninguna manera  un argumento válido para refutar o validar una posición. En la vida diaria, en pláticas informales, en algunos casos tenemos la sensación de que este argumento tiene cierta justificación, como cuando hablamos de personajes tales como Bartlett, Fernández Noroña, Ebrard,  Bejarano o algún otro espécimen de similar calidad; pero la lógica es inflexible, «autoridad moral» o «calidad moral» no son argumento de nada, los argumentos se refutan con argumentos, nada más.

La popular y no siempre muy precisa Wikipedia nos informa que la autoridad moral, en el lenguaje ético o político, se refiere al estatus de ser respetado por su trayectoria moral y seguir y defender un estándar de justicia o de bondad reconocido universalmente. Se agrega en algún otro sitio de definiciones  que es “alguien que se compromete con sus ideas y sus valores hasta sus últimas consecuencias”.  Analizando lo anterior podemos darnos cuenta que es una definición lo suficientemente amplia y sujeta a valoraciones subjetivas que la hacen poco útil en una discusión donde debamos apegarnos a datos duros, precisos, verificables y apegados a la lógica.

La otra variante de este tipo de falacia, llamada «ad hominen» por ir en contra del hombre y no de su argumento, es la socorrida «descalificación». En estos casos, cuando una persona ha sido señalada de algo que puede o no ser criticable, lo primero que a muchos se le ocurre es intentar descalificar a su adversario, sin preocuparse en dar  argumentos sólidos en contra de la acusación. Un claro ejemplo de lo anterior lo podemos observar si revisamos la abundante prensa subordinada a la 4T, desde los blogs supuestamente periodísticos que surgieron como hongos después de la lluvia con el triunfo de López hasta señaladamente el llamado «Periódico Objetivo», donde sus amanuenses y columnistas, maestros del sesgo y la mentira, tienen total libertad para manipular o bien para ocultar la noticia que sea. Esta prensa, para “desquitar la papa” diría Sergio Mayer, trabaja no para informar, sino para desinformar, confundir, exacerbar el dogmatismo, incrementar la polarización de la sociedad  y perpetuar el engaño en que vive eso que llaman “pueblo bueno”. 

Más ejemplos de nula argumentación. Si alguien nos recuerda la pésima calidad de vida en Venezuela o Cuba, la intolerancia de su Estado policíaco que ha llevado a la cárcel a cientos de personas por el delito de expresar su opinión y el desastre de su economía como consecuencia de una política de populismo, de inmediato surgen estridentes voces no para argumentar, sino para aullar “proyanqui” “agente de la CIA” y otras tonterías similares, pero ningún argumento. 

Bien harían nuestros políticos, escritores, editorialistas y comentaristas en tener un poco más de cuidado a la hora de contestar cuestionamientos y opinar para no irse por el  fácil pero inconducente camino de la descalificación y los lugares comunes.

Es cuanto.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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