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La mejor nave espacial podría ser un planeta enano

La clave de la colonización de otros sistemas podría estar en los planetas errantes

Morelia, Michoacán, 02 de junio de 2022.- Tarde o temprano, nuestra especie deberá abandonar el Sistema Solar. En el caso de la humanidad, la fecha límite está dentro de unos 5.000 millones de años, cuando el Sol entre en su fase de gigante roja y devore todos los planetas internos del sistema Solar hasta Marte.

La fecha parece lejana, pero el problema que plantea es muy actual. Aunque quisiéramos viajar a otro sistema estelar, ahora mismo no podemos hacerlo. A fecha de hoy, los viajes interestelares son material para la ciencia ficción. No tenemos la tecnología de propulsores necesaria para cubrir distancias tan largas en tan poco tiempo. Tampoco podemos crear una nave generacional tan grande como para albergar seres humanos durante un viaje de cientos de años, pero ¿Y si estuviéramos planteándonos el problema al revés y lo que necesitáramos no son naves espaciales interestelares sino planetas?

Esa es precisamente la tesis de Irina Romanovskaya, profesora de física y astronomía en el Colegio Comunitario de Houston. En su último artículo titulado “Migración de civilizaciones extraterrestres y colonización estelar: implicaciones para SETI y SETA” Romanovskaya propone que quizá la mejor manera de moverse por el universo sea… usar planetas errantes.

Los planetas errantes son esos mundos que se mueven libremente por el cosmos sin estar anclados a la atracción gravitacional de ninguna estrella. Una civilización con la suficiente tecnología podría aprovechar el paso de uno de esos planetas para “subir a bordo” y colonizarlo para que sea el movimiento del propio planeta el que la lleve a otros sistemas.

Por supuesto, esperar a semejante “autobús” espacial puede ser algo que nos tenga esperando en la parada miles de años, y eso suponiendo que podamos detectar el planeta a tiempo. Sin embargo, hay una segunda alternativa más factible, que es convertir un pequeño planeta ya presente en nuestro sistema en un planeta errante. La idea no es tan descabellada. Construir propulsores en un planetoide o asteroide grande situado en la nube de Oort como Sedna o incluso en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter permitiría desviar el curso del objeto y hacer que se desviase de su órbita en la dirección que queramos.

Citando el caso concreto de Sedna, Romanovskaya explica que este planetoide tiene una órbita excéntrica que lo lleva a una distancia de entre 76 y 937 unidades astronómicas del Sol cada 11.000 años. Con el tiempo y la tecnología sería relativamente sencillo desviarlo de su trayectoria y reajustar su curso. Es más, dentro de millones de años es posible que hasta el propio Sol contribuya a expulsar objetos como Sedna en su evolución estelar. En el camino, el planetoide puede acercarse a otras estrellas o planetas grandes para usar su impulso gravitacional como ya hacemos con las sondas actuales.

La idea de convertir un planeta enano en una nave espacial tiene no pocas ventajas. Para empezar contamos con una superficie estable sobre la que construir una infraestructura de propulsores y los propios recursos del planeta como materia prima. Además, algunos planetas enanos como Ceres tienen su propia gravedad residual que podría ser aprovechada y hasta mejorada para crear un soporte vital adecuado. La propia superficie del planetoide es un efectivo escudo contra las inclemencias del espacio como los pequeños meteoritos, el polvo, y la radiación espacial. Bastaría con establecer bases subterráneas en las que construir un soporte vital adecuado y alojar a los futuros colonos.

Por supuesto, el proyecto tendría que asumir inconvenientes de un tamaño colosal. Los planetas errantes no reciben suficiente energía de ninguna estrella cercana y generalmente son lugares fríos y desprovistos de vida. Generar el calor interior adecuado sería complicado, pero quizá se pueda seleccionar un planeta enano que ya cuenta con algún tipo de generación interna de calor de manera natural. Un problema añadido es que, una vez comience el viaje, los colonos no tendrían ningún recurso más allá de los disponibles en el propio planeta errante. En otras palabras, no se podría recurrir a la minería espacial en objetos cercanos porque… no habría ningún objeto cercano hasta que nos aproximemos a otro sistema solar.

El propósito del estudio de Romanovskaya no es exactamente un manual de instrucciones para que los humanos proyectemos nuestros propios viajes interestelares, sino una llamada de atención a los astrónomos y astrofísicos que están buscando rastros de civilizaciones extraterrestres. Quizá estamos buscando esas civilizaciones en el lugar equivocado. Si una civilización lo bastante avanzada ha tenido exactamente la misma idea que nosotros quizá el mejor lugar para buscar rastros de su paso sean precisamente los planetas errantes, que conservarían reliquias de su uso como “nave espacial” mucho tiempo después de que hayan servido a su propósito. Buscar esas señales de tecnología sería tan “sencillo” como analizar posibles fuentes de calor inusuales en planetas errantes o enanos mediante el uso de infrarrojos.

En los próximos años, observatorios ahora mismo en construcción como el Vera Rubin o el Telescopio Extremadamente Grande en Chile nos ayudarán en la doble tarea de examinar el cosmos en busca de esas señales y en identificar planetoides que quizá nos sirvan en el futuro como estaciones espaciales errantes. (CON INFORMACIÓN DE GIZMODO)

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