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Arquitectura y autócratas (Por: Alejandro Vázquez Cárdenas)

México, país pobre del tercer mundo, no ha sido inmune a esta visión de lo grandioso y también tenemos nuestros autócratas con delirios de grandeza, y vaya que sus sueños pueden ser tan disparatados y tan costosos como los del más alucinado de los faraones

Morelia, Michoacán, 18 de octubre de 2022.- Históricamente demostrado, la arquitectura grandiosa, o cuando menos, de enormes proporciones, ha sido un rasgo característico de los autócratas. 

Recurso empleado consistentemente por personajes poderosos, desde esas enormes tumbas que son las pirámides egipcias, pasando por el resto de las maravillas del mundo antiguo, cuyo denominador común en la mayoría de ellas es la grandiosidad, hasta las enormes construcciones que con dedicación y entusiasmo han desarrollado países del sudeste asiático (torres Petronas) y varios reinos árabes, como lo es el llamado Proyecto Neom de Arabia Saudita, con un rascacielos de 120 kilómetros de largo y medio kilómetro de altura, con un costo estimado en un billón de euros.

Todas compiten en enormidad, grandiosidad, volumen, lujo y ostentación. Su utilidad está supeditada a la imagen. Importa el mensaje, el edificio en sí, y, obviamente, quien o quienes lo hicieron posible. 

El vínculo entre el poder y el arte de las edificaciones es sólido. La arquitectura puede y es una demostración de fuerza, poder, aviso al mundo, elemento de cohesión y también una presencia intimidante.

En la historia moderna pocos arquitectos han sido tan emblemáticos como Albert Speer. Conocido como el gran arquitecto del tercer Reich, también llamado «el arquitecto del diablo». Fue el arquitecto jefe de Adolf Hitler, que por circunstancias de la guerra llegó a ministro de armamento. Juzgado en Nuremberg fue condenado a veinte años de prisión.

Profesional honesto, incansable y metódico, hacía uso de sus influencias y se hacía valer en las esferas del régimen nazi. Speer aprovechó estos contactos para potenciar su desarrollo profesional, aunque no su progreso político. «A comienzos de 1939, cuenta Speer, Hitler trató de justificar ante varios personajes su estilo arquitectónico: ¿Por qué siempre lo más grande? Lo hago para (…) poder decir a cada alemán, en cientos de campos distintos: nosotros no somos inferiores».

Speer confirma haberse «embriagado» con tal desafío y revela que un día, en 1937, «Hitler y yo (…) nos hallábamos solos ante mi maqueta del estadio destinado a 400.000 espectadores. (…) Le advertí una vez más de que mi campo de deportes no tenía las dimensiones olímpicas reglamentarias. A lo que Hitler respondió, sin cambiar de tono, como si se tratara de algo natural e indiscutible: Eso no importa. En 1940 los Juegos Olímpicos todavía se celebrarán en Tokio. Pero después van a celebrarse en Alemania para siempre, en este estadio. Y entonces seremos nosotros quienes determinemos cuánto mide el campo de deportes».

Uno de los primeros encargos después de ese ascenso fue el probablemente más conocido de todos sus diseños; la tribuna del campo Zeppelin, el área de desfiles de Nuremberg, que se puede ver en la película “El triunfo de la voluntad” obra maestra de la propaganda dirigida por Leni Riefenstahl. Aquí se utilizó como base de partida la antigua arquitectura dórica del altar de Pérgamo, pero ampliada a una escala enorme, capaz de albergar hasta 240.000 personas.

México, país pobre del tercer mundo, no ha sido inmune a esta visión de lo grandioso y también tenemos nuestros autócratas con delirios de grandeza, y vaya que sus sueños pueden ser tan disparatados y tan costosos como los del más alucinado de los faraones. Es el caso concreto de lo acontecido en la llamada 4T, donde por obra y gracia del único que puede opinar, y basándose exclusivamente en su personales ocurrencias, se decidió la construcción de tres obras a cual más de costosas e innecesarias. Primero, un tren que por su trazado destruirá una gran reserva ecológica y que jamás recuperará su mega millonario costo; segundo, una refinería cuando ya se visualiza el fin del uso de los combustibles fósiles y tercero, la peor de todas, la construcción, por sus pistolas, de un mediocre aeropuerto para la CDMX tirando a la basura el avance de un gran aeropuerto de categoría internacional, ocurrencia que ya le cuesta al país miles de millones de dólares por la cancelación de convenios. Millones que finalmente terminaremos pagando, por muchos años, todos los ciudadanos.

El gran problema que se deriva de estas construcciones faraónicas es que México es un país con grandes y graves carencias en áreas tan básicas como la salud y la educación. Tirar el dinero en cancelaciones suicidas, en una refinería que de ninguna manera es prioritaria y un tren que va a ningún lado es verdaderamente demencial.

Y las más triste, no existe , o cuando menos no se vio , instancia alguna que pudiera hacer algo para evitar esta tragedia.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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