Democracia popular, ¿y la oposición? (Por: Jorge Luis Hernández Altamirano)

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El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

El autor, Jorge Luis Hernández Altamirano, es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México

Ante este nuevo catecismo de la democracia mexicana, uno de tipo popular, es impresionante observar cómo ninguno de los partidos, o sus integrantes, de la oposición ha sido capaz de estructurar una defensa en favor de la democracia liberal construida en el país, al menos, en los últimos veinticinco años

Morelia, Michoacán, 26 de noviembre de 2018.- A falta de una semana para que, finalmente, Andrés Manuel López Obrador se convierta en presidente de México, no han faltado pistas para imaginar cómo será el trabajo del próximo gobierno.

En el discurso, el diseño de políticas gubernamentales y la agenda legislativa Morena ha reafirmado como sus prioridades:

  1. La construcción de un Estado más interventor, en el que los asuntos económicos pasen, necesariamente, por el escritorio del Palacio Nacional. Más allá del cantado “separar el poder político del económico”, apuestan a obtener más fichas en la negociación, ejemplo de esto es el NAIM, el Consejo de Asesores integrado por representantes de los tres canales abiertos del país, el amague de la legislación sobre comisiones o los grandes proyectos de infraestructura.
  2. La necesidad de romper con la idea de que poder es igual a privilegio, más allá de los ahorros que en realidad signifique, parecen empeñados en cumplir con los mensajes correctos para un votante enojado, en ese camino va la desaparición del Estado Mayor Presidencial y la reducción de sueldos de la alta burocracia.
  3. El fortalecimiento político del gobierno federal y, por lo tanto, la concentración/centralización de las actividades estatales. El nuevo gobierno quiere responder directamente a sus electores y, en la medida en que los reclamos son de gran tamaño, exige mayores facultades para lidiar con ellos. Así se explica la creación de una Guardia Nacional, las críticas de Monreal a los Organismos Autónomos y la intención de centralizar los medios públicos del país.

Estos tres ejes están descansando en un mantra para este nuevo gobierno, la necesidad de construir una democracia popular sobre una liberal, en el que los marginados de siempre sean escuchados y la calidad del sistema deba ser medida por la satisfacción de las necesidades expresadas por la población. Para ellos, un gobierno es legítimo en la medida en que sirve a sus votantes y, en tanto que estos son los depositarios de la soberanía, sus cuerpos representativos están facultados para facilitar la actividad gubernamental.

Al lopezobradorismo le incomodan los controles y las cuestiones procedimentales, no necesariamente por antidemocráticos sino esencialmente porque los controles son todo menos populares y su elección técnica-cupular puede entrañar pulsiones conservadoras que limiten a la voz del pueblo expresada en las urnas en elecciones, ratificaciones de mandato, consultas populares y referendos.

Pero tampoco, y creo que genuinamente, creen necesitarlos, pues para ellos, el triunfo de su movimiento significa la culminación de un camino en el que, por su construcción, existe una mimetización entre morena y sus votantes, haciendo imposibles las traiciones, primero por la existencia de un mito fundacional, segundo por la presencia de un líder capaz de inspirar e impartir justicia.

Ante este nuevo catecismo de la democracia mexicana, uno de tipo popular, es impresionante observar cómo ninguno de los partidos, o sus integrantes, de la oposición ha sido capaz de estructurar una defensa en favor de la democracia liberal construida en el país, al menos, en los últimos veinticinco años.

No es una tarea sencilla porque, en el camino, la defensa incluye un reconocimiento, y una oferta de alternativas, de las grandes tareas pendientes de la democracia liberal y del sistema construido en México que ha sido incapaz de vincular las elecciones democráticas a la consolidación de una mejor forma de vida para las personas.

La oposición, sin embargo, sigue ensimismada en la búsqueda de culpables y en la disputa de los pocos recursos que les quedan en el control de sus cúpulas internas. El problema: que, aunque las organizaciones civiles seguirán haciendo un contrapeso importante, no serán efectivas a la hora de disputar el poder político a escala nacional. El terror: el surgimiento de un líder de extrema, que se vaya por la fácil y asuma el camino de la polarización extrema, que mataría, igualmente, todo vestigio de la democracia liberal.

“Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario”